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puerta, ansiosos de que les llegue su turno. Fue pasando el tiempo.
Cansados de esperar algunos ciegos se han sentado en el suelo, más
tarde dos o tres regresaron a las salas. Fue poco después cuando se
oyó el rechinar inconfundible del portón. Excitados, los ciegos,
atropellándose, empezaron a moverse hacia donde, por los ruidos de
fuera, calculaban que estaba la puerta, pero, de súbito, presos de una
vaga inquietud que no tendrían tiempo de definir y explicar, se
detuvieron y luego confusamente retrocedieron, justo cuando
empezaron a oír con nitidez los pasos de los soldados que traían la
comida y de la escolta armada que los acompañaba.
Aún bajo la impresión causada por el trágico suceso de la noche,
los soldados que llevaban las cajas habían acordado que no las
dejarían junto a las puertas que daban a las alas, como más o menos
hacían antes, sino que las dejarían en el zaguán, Que esa gente se las
arregle como pueda, dijeron. La ofuscación producida por la intensa
luz del exterior y la transición brusca a la penumbra del zaguán les
impidió, en el primer momento, ver al grupo de ciegos. Los vieron
luego, inmediatamente. Soltando gritos de terror, tiraron las cajas al
suelo y
salieron como locos por la puerta afuera. Los dos soldados de
escolta, que esperaban en el descansillo, reaccionaron ejemplarmente
ante el peligro. Dominando, sólo Dios sabe cómo, el miedo legítimo
que sentían, avanzaron hasta el umbral de la puerta y vaciaron sus
cargadores. Empezaron los ciegos a caer unos sobre otros, y al caer
seguían recibiendo en el cuerpo balas que ya eran un puro despilfarro
de munición, fue todo tan increíblemente lento, un cuerpo, otro cuerpo,
que parecía que nunca acabarían de caer, como se ve a veces en las
películas y en la televisión. Si los soldados tuvieran que dar cuenta del
uso de las balas que disparan, éstos podrían jurar sobre la bandera
que actuaron en legítima defensa, y
por añadidura en defensa también
de sus compañeros desarmados que iban en misión humanitaria y de
repente se vieron amenazados por un grupo de ciegos numéricamente
superior. Retrocedieron corriendo desatinadamente hacia el portón,
cubiertos por los fusiles que los otros soldados del piquete, trémulos,
apuntaban entre la reja, como si los ciegos que quedaban vivos
estuvieran a punto de hacer una salida vengadora. Lívido, uno de los
que habían disparado decía, Yo no vuelvo ahí dentro ni aunque me
maten, y, realmente, no volvió. Bruscamente, aquel mismo día, caída
ya la tarde, a la hora de arriar bandera, pasó a ser un ciego más entre
los ciegos, y de algo le valió ser de la tropa, porque si no habría tenido