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que quedarse allí, haciendo compañía a los ciegos paisanos, colegas
de aquellos a los que había acribillado, y Dios sabe cómo lo recibirían.
El sargento dijo, Mejor sería dejarlos morir de hambre, muerto el perro
se acabó la rabia. Como sabemos, no falta por ahí quien
haya dicho y
pensado esto muchas veces, afortunadamente un resto precioso de
sentido humanitario le hizo decir a éste, A partir de hoy dejamos las
cajas a medio camino, que vengan ellos a buscarlas, estaremos
atentos y, al menor movimiento sospechoso, fuego con ellos. Se dirigió
al puesto de mando, tomó el micrófono y, juntando las palabras lo
mejor que pudo, recurriendo al recuerdo de otras semejantes oídas en
ocasiones más o menos parecidas, dijo, El Ejército lamenta vivamente
haberse visto obligado a reprimir por las armas un movimiento
sedicioso responsable de una situación de riesgo inminente, cuya
culpa directa o indirecta en modo alguno puede hacerse recaer sobre
las fuerzas armadas, se advierte en consecuencia que a partir de hoy
los internos recogerán la comida fuera del edificio, quedan advertidos
que sufrirán las consecuencias de cualquier
tentativa de alteración del
orden, como ha acontecido ahora y como aconteció la pasada noche.
Hizo una pausa, sin saber muy bien cómo tenía que terminar, había
olvidado las palabras adecuadas, que las había, sin duda, y no hizo
más que repetir, No hemos tenido la culpa, no hemos tenido la culpa.
Dentro del edificio, el estruendo de los disparos, con resonancia
ensordecedora en el espacio limitado del zaguán, había causado
pavor. En los primeros momentos se creyó que los soldados iban a
irrumpir en las salas barriendo a balazos todo lo que encontraran en
su camino, que el Gobierno había cambiado de idea, optando por la
liquidación física en masa, hubo quien se metió debajo de la cama,
algunos, de puro miedo, no se movieron, pensando que era mejor no
hacerlo, para poca salud más vale ninguna, si hay que acabar, que
sea rápido. Los primeros en reaccionar fueron los contagiados. Al oír
los disparos, huyeron pero, luego, el silencio los alentó a volver, y se
acercaron de nuevo a la puerta que daba acceso al zaguán. Vieron los
cuerpos amontonados, la sangre sinuosa arrastrándose lentamente
por las losas como si estuviese viva, y las cajas de la comida. El
hambre los empujó hacia fuera, allí estaba el ansiado alimento, verdad
es que iba destinado a los ciegos, que luego traerían el que les
correspondía a ellos, de acuerdo con el reglamento, pero a la mierda
el reglamento, nadie nos ve, y vela que va delante alumbra por dos, ya
lo dijeron los antiguos de todo tiempo y lugar, y los antiguos no eran