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lerdos. No obstante, el hambre sólo tuvo fuerza suficiente para
hacerles avanzar tres pasos, la razón se interpuso y les advirtió que el
peligro acecha a los
imprudentes, en aquellos cuerpos sin vida, sobre
todo en la sangre, quién podría saber qué vapores, qué emanaciones,
qué venenosos miasmas estarían desprendiéndose ya de la carne
destrozada de los ciegos. Están muertos, no pueden hacernos nada,
dijo alguien, la intención era tranquilizarse a sí mismo y a los otros,
pero fue peor el remedio, era verdad que los ciegos estaban muertos,
que no podían moverse, fijaos, ni se mueven ni respiran, pero quién
nos dice que esta ceguera blanca no será precisamente un mal del
espíritu, y si lo es, partamos de esta hipótesis, los espíritus de aquellos
ciegos nunca habrían estado tan sueltos como ahora, fuera de los
cuerpos, y por tanto libres de hacer lo que quieran, sobre todo el mal,
que, como es de conocimiento general, siempre ha sido lo más fácil de
hacer. Pero las cajas de comida, allí expuestas, atraían
irresistiblemente sus ojos, son de este calibre las razones del
estómago que no atienden a nada, aunque sea para su bien. De una
de las cajas se derramaba un líquido blanco que se iba acercando
lentamente al charco de sangre, tiene todos los visos de ser leche, es
un color que no engaña. Más valerosos, o más fatalistas, que no
siempre es fácil la distinción, dos de los contagiados avanzaron, y
estaban ya casi tocando con sus manos golosas la primera caja
cuando en el vano de la puerta que daba al ala de los ciegos
aparecieron unas cuantas personas. Puede tanto la imaginación, y en
circunstancias mórbidas como ésta parece que lo puede todo, que,
para aquellos dos que habían ido de avanzada, fue como si los
muertos, de repente, se hubieran levantado del suelo, tan ciegos
como. antes, ahora, pero mucho más dañinos, porque sin duda estaría
incitándoles el espíritu de venganza. Retrocedieron prudentemente en
silencio hasta la entrada de su sección, podía ser que los ciegos
comenzasen a ocuparse de los muertos, que eso era lo que
mandaban la caridad y el respeto, o, si no, que dejaran allí, por no
haberla visto, alguna de las cajas, por pequeña que fuese, que
realmente los contagiados no eran muchos, quizá la mejor solución
fuese ésta, pedirles, Por favor, tengan compasión, dejen al menos una
cajita para nosotros, puede que no traigan más comida hoy, después
de lo que ha sucedido. Los ciegos se movían como ciegos que eran, a
tientas, tropezando, arrastrando los pies, no obstante,
como si
estuviesen organizados, supieron distribuir las tareas eficazmente,