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algunos de ellos, resbalando en la sangre pegajosa y en la leche,
empezaron de inmediato a retirar y transportar los cadáveres hacia el
cercado, otros se ocuparon de las cajas, una a una, las ocho que
habían sido arrojadas al suelo por los soldados. Entre los ciegos se
encontraba una mujer que daba la impresión de estar al mismo tiempo
en todas partes, ayudando a cargar, haciendo como si guiara a los
hombres, cosa evidentemente imposible para una ciega, y, fuese por
casualidad o a propósito, más de una vez volvió la cara hacia el ala de
los contagiados, como si los pudiera ver o notase su presencia. En
poco tiempo el zaguán quedó vacío, sin más señal que la mancha
grande de sangre, y otra pequeña rozándola, blanca, de la leche
derramada, aparte de esto, sólo las huellas cruzadas de los pies,
pisadas rojas o simplemente húmedas. Los contagiados cerraron
resignadamente la puerta y fueron en busca de las migajas, era tanto
el desaliento que uno de ellos llegó a decir, y esto muestra bien lo
desesperados que estaban, Si vamos a quedarnos ciegos, si es ése
nuestro destino, mejor sería irnos ya a la otra parte, al menos ten-
dríamos qué comer, Es posible que los soldados traigan todavía lo
nuestro, dijo alguien, Ha hecho usted el servicio militar, preguntó otro,
No, Ya me lo parecía.
Teniendo en cuenta que los muertos pertenecían a una y otra
sala, se reunieron los ocupantes de la primera y de la segunda con la
finalidad de decidir si comían primero y enterraban a los cadáveres
después, o lo contrario. Nadie parecía tener interés en saber quiénes
eran los muertos. Cinco de ellos se tuvieron en la sala segunda, no se
sabe si ya se conocían de antes o, en caso de que no, si tuvieron
tiempo y disposición para presentarse unos a otros e intercambiar
quejas y desahogos. La mujer del médico no recordaba haberlos visto
cuando llegaron. A los otros cuatro, sí, a ésos los conocía, habían
dormido con ella, por así decir, bajo el mismo techo, aunque de uno no
supiera más que eso, y cómo podría saberlo, un hombre que se
respeta no va a ponerse a hablar de asuntos íntimos a la primera
persona que aparezca, decir que había estado en el cuarto de un hotel
haciendo el amor con una chica de gafas oscuras, la cual, a su vez, si
es de ésta de quien se trata, ni se le pasa por la cabeza que estuvo y
está tan cerca de quien la hizo ver todo blanco. Los otros muertos eran
el taxista y los dos policías, tres hombres robustos, capaces de cuidar
de sí mismos, y cuyas profesiones consistían, aunque en distinto
modo, de cuidar de los otros, y ahí están, segados cruelmente en la