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fuerza de la vida, esperando que les den destino. Van a tener que
esperar a que estos que quedan acaben de comer, no por causa del
acostumbrado egoísmo de los vivos, sino porque alguien recordó
sensatamente que enterrar nueve cuerpos en aquel suelo duro y con
un solo azadón era trabajo que duraría al menos hasta la hora de la
cena. Y como no sería admisible que los voluntarios dotados de
buenos sentimientos estuvieran trabajando mientras los otros se
llenaban la barriga, se decidió dejar a los muertos para después. La
comida venía en raciones individuales y era, en consecuencia, fácil de
distribuir, toma tú, toma tú, hasta que se acababa. Pero la ansiedad de
unos cuantos ciegos, menos sensatos, vino a complicar lo que en cir-
cunstancias normales habría sido cómodo, aunque un maduro y
sereno juicio nos aconseje admitir que los excesos que se dieron
tuvieron cierta razón de ser, bastará recordar, por ejemplo, que al
principio no se podía saber si la comida iba a llegar para todos. Verdad
es que cualquiera comprenderá que no es fácil contar ciegos ni repartir
raciones sin ojos que los puedan ver, a ellos y a ellas. Añádase que
algunos ocupantes de la segunda sala, con una falta de honradez más
que censurable, quisieron convencer a los otros de que su número era
mayor del que realmente era. Menos mal que para eso estaba allí,
como siempre, la mujer del médico. Algunas palabras dichas a tiempo
valen más que un discurso que agravaría la difícil situación.
Malintencionados y rastreros fueron también aquellos que no sólo
intentaron, sino que consiguieron, recibir comida dos veces. La mujer
del médico se dio cuenta del acto censurable, pero creyó prudente no
denunciar el abuso. No quería ni pensar en
las consecuencias que
resultarían de la revelación de que no estaba ciega. Lo mínimo que le
podría ocurrir sería verse convertida en sierva de todos, y lo máximo,
tal vez, sería convertirse en esclava de algunos. La idea, de la que se
había hablado al principio, de nombrar un responsable de sala, podría
ayudar a resolver esos aprietos y otros por desgracia aún peores, a
condición, sin embargo, de que la autoridad de ese responsable,
ciertamente frágil, ciertamente precaria, ciertamente puesta en causa
en cada momento, fuera claramente ejercida en bien de todos y como
tal reconocida por la mayoría. Si no lo conseguimos, pensó,
acabaremos por matarnos aquí unos a otros. Se prometió a sí misma
hablar de estos delicados asuntos con el marido, y continuó
repartiendo las raciones.