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ciegos que eran, que los cadáveres enterrados, sin excepción, habían
sido precisamente aquellos de los que hablaron, y no será preciso
decir cómo trabajó aquí lo que parece el azar, la mano del médico,
guiada por la mano de la mujer, tocaba una pierna o un brazo, y decía,
Éste. Cuando ya estaban enterrados dos cuerpos, aparecieron al fin,
procedentes de la sala, tres hombres dispuestos a ayudar, es probable
que no se ofrecieran si alguien les hubiera dicho que ya era noche
cerrada. Psicológicamente, incluso estando ciego un hombre, hay que
reconocer que existe una gran diferencia entre cavar sepulturas a la
luz del día y después de la caída del sol. En el momento en que
entraban en la sala, sudados, sucios de tierra, llevando aún en las
narices el primer hedor dulzón de la corrupción, repetía el altavoz las
instrucciones consabidas. No hubo ninguna referencia a lo que había
pasado, no se habló de tiros ni de muertos a quemarropa. Avisos
como aquel de Abandonar el edificio sin previa autorización significará
la muerte inmediata, o Los internos enterrarán sin formalidades el
cadáver en el cercado, cobraban ahora, gracias a la dura experiencia
de la vida, maestra suprema en todas las disciplinas, pleno sentido,
mientras aquel otro que prometía cajas de comida tres veces al día
resultaba grotesco sarcasmo o ironía aún más difícil de soportar.
Cuando la voz calló, el médico, solo, porque empezaba a conocer los
rincones de la casa, fue hasta la puerta de la otra sala para informar,
Los nuestros están enterrados ya, Si enterraron a unos, también
podían haber enterrado a los otros, respondió desde dentro una voz
de hombre, Lo acordado fue que cada sala enterraría a sus muertos,
nosotros contamos cuatro y los enterramos, Está bien, mañana
enterraremos a los de aquí, dijo otra voz masculina, y luego,
cambiando de tono, preguntó, No ha llegado más comida, No,
respondió el médico, Pero el altavoz dijo que llegaría comida tres
veces al día, Dudo que cumplan la promesa, Entonces habrá que
racionar los alimentos que vayan llegando, dijo una voz de mujer,
Parece una buena idea, si quieren, hablamos mañana, De acuerdo,
dijo la mujer. Ya se retiraba el médico cuando oyó la voz del hombre
que había hablado primero, A ver quién manda aquí, y se paró
aguardando a que alguien respondiera, lo hizo la misma voz femenina,
Si no nos organizamos en serio, van a mandar aquí el hambre y el
miedo, como si no fuera vergüenza bastante que no haya ido nadie
con ellos a enterrar a los muertos, Y por qué no los entierras tú, ya que
eres tan lista y hablas tan bien, Sola no puedo, pero estoy dispuesta a