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ayudar, Mejor no discutir, intervino la segunda voz de hombre, mañana
por la mañana trataremos de eso. El médico suspiró, la convivencia
iba a ser difícil. Se dirigía ya a la sala cuando sintió una fuerte
urgencia de evacuar. Desde el sitio donde se encontraba no tenía
seguridad de dar con las letrinas, pero decidió aventurarse. Esperaba
que alguien se hubiera acordado de llevar el papel higiénico que
trajeron con las cajas de comida. Se equivocó dos veces de camino,
angustiado porque apretaba la necesidad cada vez más, y ya estaba
en las últimas, cuando, por fin, pudo bajarse los pantalones y ponerse
en cuclillas sobre el agujero. Le asfixiaba el hedor. Tenía la impresión
de haber pisado una pasta blanda, los excrementos de alguien que no
acertó con el agujero o que había decidido aliviarse sin más. Intentó
imaginar cómo sería el lugar donde se encontraba, para él era todo
blanco, luminoso, resplandeciente, lo eran las paredes y el suelo que
no podía ver y, absurdamente, concluyó que la luz y la blancura, allí,
olían mal. Nos volveremos locos de horror, pensó. Luego quiso
limpiarse, pero no había papel. Palpó la pared detrás de él, donde
podrían estar los soportes de los rollos o los clavos en los que, a falta
de algo mejor, habrían sujetado algunos papeles cualquiera. Nada. Se
sintió desgraciado, desgraciado a más no poder, allí, con las piernas
arqueadas, amparando los pantalones que rozaban el suelo
repugnante, ciego, ciego, ciego, y, sin poder dominarse, empezó a
llorar en silencio. Tanteando, dio algunos pasos hasta que resbaló y se
golpeó contra la pared de enfrente. Extendió un brazo, extendió el
otro, al fin dio con una puerta. Oyó los pasos arrastrados de alguien
que debía de andar también buscando los retretes y tropezaba, Dónde
estará esa mierda, murmuraba con voz neutra, como si, en el fondo,
nada le importase saberlo. Pasó a dos palmos del médico sin
apercibirse de su presencia, pero no tenía importancia, la situación no
llegó a resultar indecente, podría serlo, realmente, un hombre con
aquella pinta, descompuesto, pero, en el último instante, movido por
un desconcertante sentimiento de pudor, el médico se había subido
los pantalones. Luego, cuando pensó que no había nadie, volvió a
bajárselos, demasiado tarde, estaba sucio, sucio como no recordaba
haberlo estado nunca en su vida. Hay muchas maneras de convertirse
en un animal, pensó, y ésta es sólo la primera. Pero no se podía
quejar mucho, aún tenía alguien a quien no le importaba limpiarlo.
Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que el sueño
se compadeciera de su tristeza. Discretamente, como si hubiera