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peligro de que los otros pudieran ver el mísero espectáculo, la mujer
del médico ayudó al marido a asearse lo mejor
posible. Había ahora
un silencio dolorido, de hospital, cuando los enfermos duermen, y
sufren durmiendo. Sentada, lúcida, la mujer del médico miraba las
camas, los bultos sombríos, la palidez fija de un rostro, un brazo que
se movía en sueños. Se preguntaba si alguna vez se quedaría ciega
como ellos, qué razones inexplicables la habrían preservado hasta
ahora. Con un gesto fatigado se llevó las manos a la cara para apartar
el pelo, y pensó, Vamos todos a oler mal. En aquel momento,
empezaron a oírse unos suspiros, unos gemidos, unos jadeos, primero
sofocados, murmullos que parecían palabras, que debían de serlo,
pero cuyo significado se perdía en un crescendo que las iba
convirtiendo en sonido ronco, en grito y, al fin, en estertor. Alguien
protestó desde el fondo de la sala, Puercos, son como cerdos. No eran
puercos, sólo un hombre ciego y una mujer ciega que probablemente
nunca sabrían uno del otro más que esto.