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desgracias. Pensó el médico que su mujer se había quedado ciega,
que llegara lo que tanto temía, desatinado estuvo a punto de
preguntarle, Te has quedado ya ciega, pero en el último instante le oyó
un murmullo, No es eso, no es eso, y después, en un lento susurro,
casi inaudible, tapadas las cabezas de ambos con la manta, Tonta de
mí, no le di cuerda al reloj, y continuó llorando, inconsolable. Desde su
cama, al otro lado del pasillo, la chica de las gafas oscuras se levantó
y, guiada por los sollozos, se acercó con los brazos extendidos, Está
angustiada, necesita algo, iba preguntando a medida que avanzaba, y
tocó con las dos
manos los cuerpos acostados. Mandaba la discreción
que inmediatamente las retirase, y sin duda el cerebro le dio esa
orden, pero las manos no obedecieron, sólo hicieron más sutil el
contacto, nada más que un leve roce de la epidermis en la manta
grosera y tibia. Necesita algo, volvió a preguntar, y, ahora sí, las
manos se retiraron, se levantaron, se perdieron en la blancura estéril,
en el desamparo. Sollozando aún, la mujer del médico saltó de la
cama, se abrazó a la muchacha, No es nada, fue un momento de
aflicción, Si usted, que es tan fuerte, se desanima, entonces es que de
verdad no tenemos salvación, se lamentó la chica. Más tranquila, la
mujer del médico pensaba, mirándola de frente, Ya casi no tiene
rastros de conjuntivitis, qué pena que no se lo pueda decir, con lo
contenta que se pondría. Probablemente sí, se pondría contenta,
aunque tal contento fuese absurdo, no tanto por estar ciega sino
porque también toda la gente allí lo estaba, de qué sirve tener los ojos
límpidos y bellos como son éstos, si no hay nadie que los vea. La
mujer del médico dijo, Todos tenemos nuestros momentos de
flaqueza, menos mal que todavía somos capaces de llorar, el llanto
muchas veces es una salvación, hay ocasiones en que moriríamos si
no llorásemos, No tenemos salvación, repitió la chica de las gafas
oscuras, Quién sabe, esta ceguera no es como las otras, tal como vino
puede desaparecer, Sería ya tarde para los que han muerto, Todos
tenemos que morir, Pero no tendríamos que ser muertos, y yo he
matado a una persona, No se acuse, fueron las circunstancias, aquí
todos somos culpables e inocentes, peor, mucho peor fue lo que
hicieron los soldados que nos vigilan, y hasta ésos podrán alegar la
mayor de todas las disculpas, el miedo, Qué más daba que el pobre
hombre me tocase, ahora él estaría vivo y yo no tendría en el cuerpo
ni más ni menos que lo que tengo, No piense más en eso, descanse,
intente dormir. La acompañó hasta la cama, Acuéstese, Es usted muy