77
inmediatamente atrás, el segundo aviso será una bala. Los ciegos
avanzaron con lentitud, algunos, más confiados, directamente hacia
donde creían
que estaría la puerta, los otros, menos seguros de sus
incipientes capacidades de orientación, preferían ir deslizándose a lo
largo de la pared, así no habría error posible, cuando llegasen a la
esquina sólo tenían que seguir la pared en ángulo recto, allí estaría la
puerta. Imperativo, impaciente, el altavoz repitió la llamada. El cambio
de tono, notorio incluso para quien no tuviera motivos de
desconfianza, asustó a los ciegos. Uno de ellos declaró, Yo no salgo
de aquí, lo que quieren es reunirnos fuera para matarnos a todos, Yo
tampoco salgo, dijo otro, Ni yo, reforzó un tercero. Estaban parados,
irresolutos, algunos querían salir, pero el miedo iba apoderándose de
todos. Se oyó la voz de nuevo, Si pasan tres minutos sin que aparezca
nadie para llevarse las cajas de comida, las retiramos. La amenaza no
venció al temor, sólo lo empujó hacia las últimas cavernas de la
mente, como un animal perseguido que queda a la espera de una
ocasión para atacar. Recelosos, intentando cada uno ocultarse detrás
de otro, fueron saliendo los ciegos hacia el rellano de la escalera. No
podían ver que las cajas no se encontraban junto al pasamanos, que
era donde esperaban encontrarlas, no podían saber que los soldados,
temiendo el contagio, se habían negado incluso a aproximarse a la
cuerda de la que se habían servido todos los ciegos internados. Las
cajas de comida habían sido apiladas, más o menos, en el sitio donde
la mujer del ciego recogió el azadón. Avancen, avancen, ordenó el
sargento. De modo confuso, los ciegos intentaban ponerse en fila para
avanzar ordenadamente, pero el sargento les gritó, Las cajas no están
ahí, dejen la cuerda, déjenla, desplácense hacia la derecha, la vuestra,
la vuestra, idiotas, no hay que tener ojos para saber de qué lado está
la mano derecha. La advertencia fue hecha a tiempo, algunos ciegos
de espíritu riguroso habían entendido la orden al pie de la letra, si era
la derecha, tenía que ser, lógicamente, la derecha de quien hablaba,
por eso intentaban pasar por debajo de la cuerda para ir en busca de
las cajas sabe Dios dónde. En circunstancias diferentes, lo grotesco
del espectáculo hubiera hecho reír a carcajadas al más grave de los
observadores, era de partirse de risa, unos cuantos ciegos avanzando
a gatas, de narices casi contra el suelo, como gorrinos, un brazo
adelantado tentando el aire, mientras otros, tal vez con miedo a que el
espacio blanco, fuera de la protección
del techo, los engullera, se
mantenían desesperadamente aferrados a la cuerda y aguzaban el