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oído, esperando la primera exclamación que señalaría el hallazgo de
las cajas. Los soldados sentían ganas de apuntar las armas y
descargarlas deliberadamente, fríamente, en aquellos imbéciles que
se movían ante sus ojos como cangrejos cojos, agitando las pinzas
torpes en busca de la pata que les faltaba. Sabían lo que había dicho
en el cuartel aquella misma mañana el comandante del regimiento,
que el problema de los ciegos sólo podría resolverse a través de la
liquidación física de todos ellos, los habidos y los por haber, sin
contemplaciones falsamente humanitarias, palabras suyas, del mismo
modo que se corta un miembro gangrenado para salvar la vida del
cuerpo, la rabia de un perro muerto, decía ilustrativamente, está
curada por naturaleza. A algunos soldados, menos sensibles a la
belleza del lenguaje figurado, les costó entender que la rabia de un
perro tuviese algo que ver con los ciegos, pero la palabra de un
comandante, del jefe de un regimiento, vale lo que pesa, digámoslo
hablando también en sentido figurado, nadie llega tan alto en la vida
militar sin tener razón en todo cuanto piensa, dice y hace. Al fin, un
ciego había tropezado con las cajas y gritaba, abrazado a ellas, Están
aquí, están aquí, si este hombre recupera la vista algún día, seguro
que no anuncia con mayor alegría la buena nueva. En pocos
segundos se atropellaban los ciegos entre sí y con las cajas, brazos y
piernas en confusión, tirando cada uno para su lado, disputándose la
primacía, ésta me la llevo yo, quien se la lleva soy yo. Los que se
quedaron junto a la cuerda estaban nerviosos, ahora era otro su
miedo, el quedar,
por castigo a su pereza o cobardía, excluidos del
reparto de alimentos, Ah, vosotros, no quisisteis andar por el suelo,
con el culo al aire, expuestos a un tiro, pues ahora no coméis,
recuerden lo que decía el otro, quien no se arriesga no pasa la mar.
Empujado por este pensamiento decisivo, uno de ellos dejó la cuerda
y fue, brazos al aire, en dirección al tumulto, A mí no me van a dejar
fuera, pero las voces se callaron de repente, quedaron sólo unos
ruidos arrastrados, unas interjecciones sofocadas, una masa dispersa
y confusa de sonidos que llegaban de todos los lados y de ninguno. Se
detuvo, indeciso, quiso regresar a la seguridad de la cuerda, pero le
falló el sentido de la orientación, no hay estrellas en su cielo blanco,
ahora lo que se oía era la voz del sargento dando instrucciones a los
de las cajas para que volvieran a la escalera, pero lo que él decía sólo
tenía sentido para ellos, el llegar a donde se quiere depende de donde
se esté. Ya no había ciegos agarrados a la cuerda, a ellos les bastaba