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desandar el camino, esperaban ahora en el descansillo la llegada
de
los otros. El ciego despistado no se atrevía a moverse de donde
estaba. Angustiado, soltó un grito, Ayudadme, por favor, no sabía que
los, soldados lo tenían en la mira de sus fusiles, esperando que pisase
la línea invisible por la que se pasaba de la vida a la muerte. Es que te
vas a quedar ahí, cegato de mierda, preguntó el sargento, pero en su
voz había cierto nerviosismo, la verdad es que no compartía la opinión
de su comandante, Quién me dice que mañana no me toca a mí, que
a los soldados, ya se sabe, se les da una orden y matan, se les da otra
y mueren, No disparen hasta que yo lo ordene, gritó el sargento. Estas
palabras hicieron comprender al ciego el peligro en que estaba. Se
puso de rodillas, imploró, Por favor, ayúdenme, díganme por dónde
tengo que ir, Ven hacia aquí, cieguecito, anda, ven hacia aquí, dijo la
voz de un soldado en tono almibarado, falsamente amistoso, el ciego
se levantó, dio tres pasos, pero se detuvo de nuevo, el tiempo del
verbo le pareció sospechoso, ven no es ve, ven quiere decir que hacia
aquí, por aquí mismo, en esta dirección llegarás al lugar desde el que
te llaman, al encuentro de la bala que sustituirá en ti una ceguera por
otra. Fue una iniciativa, por así decir, de un soldado malvado, y el sar-
gento la cortó inmediatamente con dos gritos sucesivos, Alto, Media
vuelta, seguidos de una severa llamada al orden al desobediente, por
lo visto pertenece a aquella especie de personas a quienes no se les
puede poner un arma en las manos. Animados por la benevolente in-
tervención del sargento, los ciegos que habían alcanzado ya el rellano
de la escalera armaron una algazara tremenda que sirvió de polo
magnético al desorientado invidente. Seguro ya de sí, avanzó en línea
recta. Seguid, seguid, decía mientras los ciegos aplaudían como si
estuvieran asistiendo a un largo, vibrante y esforzado
sprint
. Fue
recibido con abrazos, el caso no era para menos, en las adversidades,
tanto las probadas como las previsibles, se conocen los amigos.
No duró mucho la confraternización. Aprovechándose del
alborozo, algunos colegas se habían escabullido con unas cuantas
cajas, las que consiguieron transportar, manera evidentemente desleal
de prevenir hipotéticas injusticias en el reparto. Los de buena fe, que
siempre los hay por más que se diga lo contrario, protestaron,
indignados, que así no se podía vivir, Si no podemos confiar unos en
otros, adónde vamos a parar, preguntaban unos, retóricamente,
aunque llenos de razón, Lo que están pidiendo esos cabrones es una
buena soba, amenazaban otros, no era verdad que la hubieran pedido,