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darse por satisfecha con dos o tres veces menos, y no de todo. Se oyó
allá fuera, lo oyeron algunos de la primera sala, mientras trincaban
melancólicamente el agua-y-sal, el altavoz llamando a los contagiados
para que fuesen a recoger su parte de comida. Uno de los ciegos, sin
duda influido por la atmósfera malsana dejada por el delito cometido,
tuvo una inspiración, Si los esperamos en el zaguán, seguro que se
llevan un susto morrocotudo con sólo vernos, y tal vez dejen caer
entonces una o dos cajas, pero el médico dijo que eso no le parecía
bien, que sería una injusticia castigar a quien no tiene culpa. Cuando
acabaron todos de comer, la mujer del médico y la chica de las gafas
oscuras llevaron al jardín las cajas de cartón, los envases vacíos de
leche y de café, los vasos de papel, en fin, todo lo que no se podía
comer, Tenemos que quemar la basura, dijo luego la mujer del
médico, a ver si se van de aquí esas nubes de moscas.
Sentados en las camas, cada uno en la suya, los ciegos se
pusieron a la espera de que volvieran al redil las ovejas descarriadas,
Cabrones es lo que son, comentó una voz fuerte, sin pensar que
respondía a la pastoril reminiscencia de quien no tiene culpa de no
saber decir las cosas de otra manera. Pero los maleantes no
aparecieron, sin duda desconfiaban, seguro que había entre ellos uno
tan astuto como el de aquí, el que tuvo la idea de la soba. Iban
pasando los minutos, algunos ciegos se tumbaron, varios se habían
quedado dormidos ya. Que esto, señores, es comer y dormir. Bien
vistas las cosas no se está mal del todo. Mientras no falte la comida,
que sin ella no se puede vivir, es como estar en un hotel. Al contrario,
qué calvario sería estar ciego allá fuera, en la ciudad, sí, qué calvario.
Andar dando tumbos por las calles, huyendo todos de él, la familia
aterrorizada, con miedo de acercársele, amor de madre, amor de hijo,
historias, quizá me hicieran lo mismo que aquí, me encerraban en un
cuarto y me ponían el plato a la puerta, como mucho favor. Pensando
fríamente en la situación, sin prejuicios ni resentimientos que siempre
oscurecen el raciocinio, es preciso reconocer que las autoridades
tuvieron vista cuando decidieron juntar ciegos con ciegos, cada oveja
con su pareja, que es buena regla de vecindad, como leprosos, no hay
duda, aquel médico allá al fondo tiene razón cuando dice que tenemos
que organizarnos, la cuestión, realmente, es la organización, primero
la comida, después la organización, ambas son indispensables en la
vida, elegir unas cuantas personas disciplinadas y disciplinadoras para
dirigir esto, establecer reglas consensuadas de convivencia, cosas