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venían los golpes. En el zaguán no cabían doscientas personas, ni
mucho menos, por eso quedó muy pronto atascada la puerta que daba
al cercado, pese a ser bastante ancha. Era como si la obstruyera un
tapón, ni para atrás ni para delante, los que estaban dentro,
comprimidos, ahogándose, intentaban protegerse con los codos,
dando puntapiés contra los vecinos que los empujaban, se oían gritos,
niños ciegos que lloraban, mujeres ciegas que se desmayaban,
mientras los muchos que no habían conseguido entrar empujaban
cada vez más, atemorizados por los gritos de los soldados, que no
entendían por qué aquellos idiotas estaban todavía allí. Un momento
terrible fue cuando se produjo un reflujo violento de gente que
forcejeaba por librarse de la confusión, del inminente peligro de morir
aplastados, pongámonos en el lugar de los soldados, de repente ven
salir reculando a muchos de los que habían entrado, pensaron lo peor,
que los ciegos iban a volver, recordemos los casos precedentes,
podría haber ocurrido una carnicería. Felizmente, el sargento estuvo
una vez más a la altura de la crisis, disparó él mismo un tiro al aire, de
pistola, sólo para llamar la atención, y gritó por el altavoz, Calma,
retrocedan un poco los que están en la escalera, calma, no empujen,
ayúdense unos a otros. Era pedir demasiado, dentro continuaba la
lucha, pero el zaguán, poco a poco, fue quedando despejado gracias a
un desplazamiento más numeroso de ciegos hacia la puerta del ala
derecha, allí eran recibidos por ciegos a quienes no les importaba
encaminarlos hacia la tercera sala, libre hasta ahora, y hacia las
camas que en la segunda aún estaban desocupadas. Por un momento
pareció que la batalla iba a resolverse a favor de los contagiados, no
tanto por ser ellos los más fuertes y los que más vista tenían, sino
porque los ciegos, dándose cuenta de que la entrada del otro lado
estaba expedita, rompieron el contacto, como diría el sargento en sus
lecciones cuarteleras de estrategia y de táctica elemental. No
obstante, poco duró la alegría de los defensores. De la puerta del ala
derecha empezaron a llegar voces anunciando que ya no quedaba
sitio, que todas las salas estaban llenas, hubo incluso ciegos que
fueron empujados de nuevo hacia el zaguán, exactamente en el
momento en que, deshecho el tapón humano que hasta entonces
atrancaba la entrada principal, los ciegos que todavía estaban fuera,
que eran muchos, empezaban a avanzar acogiéndose al techo bajo el
cual, a salvo de las amenazas de los soldados, irían a vivir. El
resultado de estos dos desplazamientos, prácticamente simultáneos,