87
La llegada de tantos ciegos pareció traer al menos una ventaja.
Pensándolo bien, dos, siendo la primera de orden por así decir
psicológico, ya que es muy diferente estar esperando, en cada
momento, que se nos presenten nuevos inquilinos, a ver que el edificio
se encuentra lleno, y que a partir de ahora será posible establecer y
mantener con los vecinos relaciones permanentes, duraderas, no
perturbadas, como sucedía hasta ahora, por sucesivas interrupciones
e interposiciones de recién llegados que nos obligaban a reconstituir
continuamente los canales de comunicación. La segunda ventaja, ésta
de orden práctico, directa y sustancial, fue que las autoridades de
fuera, civiles y militares, comprendieran que una cosa era proporcionar
alimentos para dos o tres docenas de personas, más o menos
tolerantes, más o menos predispuestas, por su pequeño número, a
resignarse ante ocasionales fallos o retrasos en la distribución de la
comida, y otra cosa era ahora la repentina y compleja responsabilidad
de sustentar a doscientos cuarenta seres humanos de todos los
talantes, procedencias y maneras de ser en cuestión de humor y
temperamento. Doscientos cuarenta, repárese, es una manera de
decir, porque son al menos veinte los que no han encontrado camastro
y duermen en el suelo. En todo caso, hay que reconocer que no es lo
mismo que tengan que comer treinta personas de lo que sería apenas
suficiente para diez, que distribuir para doscientos sesenta el alimento
destinado a doscientos cuarenta. La diferencia casi no se nota. Pudo
ser la asunción consciente de esta acrecentada responsabilidad, y
quizá, posibilidad ésta digna de ser tenida en cuenta, el temor de que
se desencadenasen nuevos tumultos, lo que determinó la mudanza de
procedimiento de las autoridades, en el sentido de hacer llegar la
comida a tiempo y a las horas y en las cantidades convenientes.
Evidentemente, tras la pugna, a todo título lastimosa, a que acabamos
de asistir, no podría ser fácil, ni exenta de conflictos localizados, la
acomodación de tantos ciegos, baste recordar a los infelices
contagiados que antes veían y ahora no ven, los matrimonios divididos
y los hijos perdidos, los lamentos de los pisoteados y atropellados,
algunos dos o tres veces, los que andan en busca de sus queridos
bienes y no los encuentran, sería preciso que uno fuera
completamente insensible para olvidar, así como así, la aflicción de
estas pobres gentes. Ahora, lo que no se puede negar es que el
anuncio de la llegada del almuerzo fue, para todos, un bálsamo