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reconfortante. Y si es innegable que la recogida de tan grandes
cantidades de comida y su distribución entre tantas bocas, debido a la
falta de una organización adecuada y de una autoridad capaz de
imponer la necesaria disciplina, dio origen a nuevas faltas de
entendimiento, tenemos que reconocer que ha cambiado
mucho el
ambiente, y para mejor, cuando en todo el antiguo manicomio no se
oyó más que el ruido de doscientas sesenta bocas masticando. Quién
limpiará todo esto es cuestión por ahora sin respuesta, sólo al caer la
tarde el altavoz volverá a recitar las reglas de buena conducta que
deberán ser observadas para bien general, y entonces se verá qué
grado de acatamiento van a merecer por parte de los recién llegados.
Ya no es poco que los ocupantes de la sala segunda del ala derecha
hayan decidido al fin enterrar a sus muertos, al menos de este hedor
quedamos libres, que al olor de los vivos, aunque fétido, será más fácil
que nos acostumbremos.
En cuanto a la primera sala, tal vez por ser la más antigua y
llevar por tanto más tiempo en proceso de adaptación al estado de
ceguera, un cuarto de hora después de que sus ocupantes acabaran
de comer, no se veía en el suelo un papel sucio, un plato olvidado, un
recipiente goteando. Todo había sido recogido, las cosas menores
metidas dentro de las mayores, las más sucias dentro de las menos
sucias, como determinaría una reglamentación de higiene
racionalizada, tan atenta a la mayor eficacia posible en la recogida de
los restos y detritus como a la economía del esfuerzo necesario para
realizar este trabajo. La mentalidad que forzosamente habrá de
determinar comportamientos sociales de este tipo, ni se improvisa, ni
nace por generación espontánea. En el caso en examen parece haber
tenido una influencia decisiva la acción pedagógica de la ciega del
fondo de la sala, la que está casada con el oculista, que dijo hasta la
saciedad, Si no somos capaces de vivir enteramente como personas,
hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales, y tantas
veces lo repitió, que el resto de la sala acabó por convertir en máxima,
en sentencia, en doctrina, en regla de vida, aquellas palabras, en el
fondo simples y elementales. Probablemente, tal estado de espíritu,
propicio al entendimiento de las necesidades y de las circunstancias,
fue lo que contribuyó, aunque de forma colateral, a la benévola.
acogida que acabó encontrando el viejo de la venda negra cuando
asomó por la puerta y preguntó, Hay aquí una cama para mí. Por una
afortunada casualidad, obviamente prometedora de consecuencias