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está aquí el niño, Quiero ver a mi madre, dijo el pequeño con voz
como cansada por un llanto remoto e inútil. Y yo soy el primero que se
quedó ciego, dijo el primer
ciego, estoy aquí con mi mujer, Y yo soy la
empleada del consultorio, dijo la empleada del consultorio. La mujer
del médico dijo, Sólo quedo yo por presentarme, y dijo quién era.
Entonces el viejo, como para agradecer la acogida, anunció, Tengo
una radio, Una radio, exclamó la chica de las gafas oscuras dando
palmadas, música, qué bien, Sí, pero es una radio pequeña, de pilas, y
las pilas no duran siempre, recordó el viejo, No me diga que nos
vamos a quedar aquí para siempre, se lamentó el primer ciego, Para
siempre, no, para siempre es siempre demasiado tiempo, Podremos
oír las noticias, observó el médico, Y algo de música, insistió la chica
de las gafas oscuras, No nos gusta a todos la misma música, pero
todos sin duda estamos
interesados en saber cómo andan las cosas
por ahí fuera, lo mejor es ahorrar las pilas, Eso creo yo también, dijo el
viejo de la venda negra. Sacó el aparatito del bolsillo exterior de la
chaqueta y lo encendió. Empezó a buscar emisoras, pero su mano,
poco segura aún, perdía fácilmente el ajuste de la onda, al principio no
se oyeron más que ruidos intermitentes, fragmentos de música y de
palabras, al fin la mano cobró firmeza, la música se hizo reconocible,
Déjela sólo un momentito, pidió la chica de las gafas oscuras, las
palabras ganaron claridad, No son noticias, dijo la mujer del médico, y
luego, como si fuera una idea que se le ocurriese de repente, Qué
hora será, preguntó, aunque nadie podía responderle. La aguja de
sintonización seguía extrayendo ruidos de la cajita, luego se quedó
parada, era una canción, una canción sin importancia, pero los ciegos
se fueron acercando lentamente, no se empujaban, se detenían
cuando notaban una presencia ante ellos, y allí se quedaban, oyendo,
con los ojos muy abiertos en dirección a la voz que cantaba, algunos
lloraban, como probablemente sólo los ciegos pueden llorar, las
lágrimas fluían naturalmente, como de una fuente. La canción se
acabó, el locutor dijo, Atención, al oír la tercera señal, serán las cuatro,
Una de las ciegas preguntó, riendo, De la tarde o de la mañana, y fue
como si le doliese la risa. Disimuladamente, la mujer del médico puso
el reloj en hora y le dio cuerda, eran las cuatro de la tarde, aunque,
realmente, a un reloj le es igual, va de la una a las doce, lo demás son
ideas de los humanos. Qué ruido es ése, preguntó la chica de las
gafas oscuras, parecía, Fui yo, oí que en la radio decían que eran las
cuatro y le di cuerda a mi reloj, son esos movimientos automáticos que