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hacemos tantas veces, se adelantó la mujer
del médico. Luego pensó
que no había valido la pena arriesgarse así, le hubiera bastado mirar
la muñeca de los ciegos recién llegados, alguno tendría un reloj en
hora. Lo tenía hasta el mismo viejo de la venda negra, como comprobó
en aquel momento, y con la hora exacta. Entonces el médico pidió,
Díganos cómo andan las cosas por ahí fuera. El viejo de la venda dijo,
Sí, pero lo mejor es que me siente, que no me tengo en pie. Esta vez,
tres o cuatro en cada cama, de compañía, los ciegos se fueron
acomodando lo mejor que pudieron, se hizo el silencio, y, entonces, el
viejo de la venda negra contó lo que sabía, lo que había visto con sus
propios ojos cuando los tenía, lo que había oído en los pocos días
transcurridos entre el inicio de la epidemia y su propia ceguera.
En las primeras veinticuatro horas, dijo, si era verdadera la
noticia, que circuló, hubo cientos de casos, todos iguales, todos
sobrevinieron del mismo modo, instantáneamente, con una ausencia
desconcertante de lesiones, sólo esa blancura resplandeciente en el
campo visual, sin dolor antes y sin dolor después. Al segundo día se
dijo que había cierta disminución en el número de casos, se pasó de
los centenares a las decenas, y eso llevó al Gobierno a anunciar que,
de acuerdo con las perspectivas más razonables, la situación pronto
estaría bajo control. A partir de este momento, salvo algunos
comentarios sueltos que no se pueden evitar, el relato del viejo de la
venda negra no será seguido al pie de la letra, siendo sustituido por
una reorganización del discurso oral, orientada en el sentido de
valorizar la información mediante el uso de un vocabulario correcto y
adecuado. Esta alteración, no prevista antes, está motivada por la
expresión bajo control, nada vernácula, empleada por el narrador, que
poco a poco lo va descalificando como relator complementario,
importante sin duda, pues sin él no tendríamos manera de saber lo
que ha pasado en el mundo exterior, como relator complementario,
decíamos, de estos extraordinarios acontecimientos, cuando se sabe
que la descripción de cualquier hecho gana con el rigor y la propiedad
de los términos usados. Volviendo al asunto, el Gobierno excluyó la
hipótesis inicial de que el país se encontrase bajo la acción de una
epidemia sin precedentes conocidos, provocada por un agente mórbi-
do aún no identificado, de efecto instantáneo, con ausencia total de
señales previas de incubación o de latencia. Se trataría, pues, de
acuerdo con la nueva opinión científica y la consecuente y actualizada
interpretación administrativa, de una casual y desafortunada