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concomitancia temporal de circunstancias, de momento tampoco
averiguadas, y en cuya exaltación patogénica ya era posible,
acentuaba el comunicado del Gobierno, a partir de los datos
disponibles, que indican la
proximidad de una clara curva
descendente, observar indicios tendenciales de agotamiento. Un
comentarista de la televisión tuvo el acierto de dar con la metáfora
justa cuando comparó la epidemia, o lo que fuese, con una flecha
lanzada hacia arriba, y que, tras alcanzar el punto más alto en su
ascenso, se detiene un momento, como suspendida en el aire, y
empieza luego a describir la obligada curva de caída, que, si Dios
quiere, y con esta invocación regresaba el comentarista a la trivialidad
de las expresiones humanas y a la epidemia propiamente dicha, la
gravedad tratará de acelerar hasta que desaparezca la terrible
pesadilla que nos atormenta, media docena de palabras éstas que se
repetían constantemente en los distintos medios de comunicación, que
acababan siempre por formular el piadoso voto de que los infelices
ciegos recuperen en breve la visión perdida, prometiéndoles,
entretanto, la solidaridad de todo el cuerpo social organizado, tanto el
oficial como el privado. En un pasado
remoto, razones y metáforas
semejantes eran traducidas por el impertérrito optimismo de la gente
común en dicterios como éste, No hay bien que siempre dure, ni mal
que no se ature, o, en versión literaria, Del mismo modo que no hay
bien que dure siempre, tampoco hay mal que siempre dure, máximas
supremas de quien tuvo tiempo para aprender con los golpes de la
vida y de la fortuna, y que, trasladadas a tierra de ciegos, deberían
leerse como sigue, Ayer veíamos, hoy no vemos, mañana veremos,
con una ligera entonación interrogativa en el tercio final de la frase,
como si la prudencia, en el último instante, hubiera decidido, por si
acaso, añadir la reticencia de una duda a la esperanzadora
conclusión.
Desgraciadamente, pronto se demostró la inanidad de tales
votos, las expectativas del Gobierno y las previsiones de la comunidad
científica se las llevó el agua. La ceguera iba extendiéndose, no como
una marea repentina que lo inundara todo y todo lo arrastrara, sino
como una infiltración insidiosa de mil y un bulliciosos arroyuelos que,
tras empapar lentamente la tierra, súbitamente la anegan por
completo. Ante la alarma social, a punto de desencadenarse, las
autoridades convocaron a toda prisa reuniones médicas, sobre todo de
oftalmólogos y neurólogos. Visto el tiempo que se tardaría en