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organizarlo, no se llegó a convocar el congreso que algunos
preconizaban, pero, en compensación, no faltaron coloquios,
seminarios, mesas redondas, abiertas unas al público, otras a puerta
cerrada. El efecto conjugado de la patente inutilidad de los debates y
los casos de
algunas cegueras repentinas, sobrevenidas en medio de
las sesiones, con el orador gritando, Estoy ciego, estoy ciego, llevaron
a los periódicos, la radio y la televisión a dejar de ocuparse casi por
completo de tales iniciativas, exceptuando el discreto y a todas luces
loable comportamiento de ciertos medios de comunicación social que,
viviendo a costa de sensacionalismos de todo tipo, de las gracias y
desgracias ajenas, no estaban dispuestos a perder ninguna ocasión
que se presentara de relatar en directo, con el dramatismo que la
situación justificaba, la ceguera súbita, por ejemplo, de un catedrático
de oftalmología.
La prueba del progresivo deterioro del estado de espíritu general
la dio el propio Gobierno, alterando dos veces, en media docena de
días, su estrategia. Primero creyó que sería posible circunscribir aquel
extraño mal confinando los afectados en unos cuantos espacios
discriminatorios, como el manicomio en que nos encontramos. Luego,
el crecimiento inexorable de los casos de ceguera llevó a algunos
miembros influyentes del Gobierno, temerosos de que la iniciativa
oficial no cubriera las necesidades, de lo que se deriva rían graves
costes políticos, a defender la idea de que debería ser cosa de las
familias el guardar a sus ciegos en casa, sin dejarlos ir a la calle, a fin
de no complicar el ya difícil tráfico, ni ofender la sensibilidad de las
personas que aún veían con los ojos que tenían y que, indiferentes a
las opiniones más o menos tranquilizadoras, creían que el mal blanco
se contagiaba por contacto visual, como el mal de ojo. En efecto, no
era legítimo esperar una reacción distinta de alguien que, abismado en
sus pensamientos, tristes, neutros, o alegres, si aún hay de éstos, veía
cómo se transformaba la expresión de una persona que caminaba en
su dirección, cómo se dibujaban en su rostro las señales todas del
terror absoluto, y luego el grito inevitable, Estoy ciego, estoy ciego. No
había nervios que resistieran. Lo peor es que las familias, sobre todo
las menos numerosas, se convirtieron rápidamente en familias
completas de ciegos, sin nadie que los pudiera guiar, guardar,
proteger de ellos a la comunidad de vecinos con buena vista, y estaba
claro que no podían esos ciegos, por mucho padre, madre e hijo que
fuesen, cuidarse entre sí, o les ocurriría lo mismo que a los ciegos de