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la pintura, juntos caminando, juntos cayendo y juntos muriendo.
Ante esta situación, no tuvo el Gobierno más remedio que dar
marcha atrás aceleradamente, ampliando los criterios que había
establecido sobre lugares y espacios requisables, de lo que resultó la
ocupación inmediata e improvisada de fábricas abandonadas, templos
sin culto, pabellones deportivos y almacenes vacíos. Hacía ya dos
días que se hablaba de montar campamentos de tiendas de campaña,
añadió el viejo de la venda negra. Al principio, muy al principio,
algunas organizaciones caritativas ofrecieron voluntarios para cuidar a
los ciegos, hacer las camas, limpiar los retretes, lavarles la ropa,
prepararles la comida, cuidados mínimos sin los que la vida resulta
pronto insoportable hasta para los que ven. Los pobres voluntarios se
quedaban. ciegos de inmediato, pero al menos quedaba para la
historia la belleza de su gesto. Vino alguno de ellos a este manicomio,
preguntó ahora el viejo de la venda negra, No, respondió la mujer del
médico, no ha venido ninguno, Quizá
haya sido sólo un rumor, Y la
ciudad, y los transeúntes, preguntó el primer ciego, acordándose de su
coche y del taxista que lo había llevado al consultorio y que luego
había ayudado él a enterrar, Los transportes son un caos, respondió el
viejo de la venda negra, y explicó pormenores, sucesos e incidentes.
Cuando por primera vez se quedó ciego un conductor de autobús, en
marcha y en plena vía pública, la gente, pese a los muertos y heridos
causados por el accidente, no le prestó gran atención, por la misma
razón, es decir, por la fuerza de la costumbre, que llevó al jefe de
relaciones públicas de la empresa a declarar, sin más, que el
accidente había sido ocasionado por un fallo humano, sin duda
lamentable, pero, pensándolo bien, tan imprevisible como habría sido
un infarto mortal en persona que nunca había sufrido del corazón.
Nuestros empleados, explicó el jefe, y lo mismo la mecánica y los
sistemas eléctricos de nuestros vehículos, son sometidos
periódicamente a revisiones extremadamente rigurosas, como lo
confirma, en directa y clara relación de causa a efecto, el bajísimo
porcentaje de accidentes, en cómputo general, en que se han visto
envueltos hasta hoy los vehículos de nuestra compañía. La profusa
explicación salió en los periódicos, pero la gente tenía más en que
pensar que preocuparse por un simple accidente de autobús, que a fin
de cuentas no habría sido peor si se le partieran los frenos. Sin
embargo ésa fue, dos días después, la auténtica causa de otro
accidente, pero, así es el mundo, tiene la verdad muchas veces que