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disfrazarse de mentira para alcanzar sus fines, y el rumor que corrió
fue que se había quedado ciego el conductor. No hubo manera de
convencer al público de lo que efectivamente
había acontecido, y el
resultado no tardó en verse, de un momento a otro la gente dejó de
utilizar los autobuses, decían que preferían quedarse ciegos antes que
morir porque se hubiera quedado ciego otro. Un tercer accidente, acto
seguido y por el mismo motivo, que implicaba a un autobús que no
llevaba pasajeros, alentó comentarios como éste, muestra de la
sabiduría popular, Mira si yo fuera dentro. No podían imaginar los que
así hablaban cuánta razón tenían. Por la ceguera simultánea de los
dos pilotos, no tardó un avión comercial en estrellarse e incendiarse al
tomar tierra, muriendo todos los pasajeros y tripulantes, pese a que,
en este caso, se encontraban en perfecto estado tanto la mecánica
como la electrónica, según revelaría el examen de la caja negra, única
superviviente. Una tragedia de estas dimensiones no era lo mismo que
un vulgar accidente de autobús, la consecuencia fue que perdieron las
últimas ilusiones quienes aún las tenían, en adelante ya no se oirá
ruido alguno de motor, ninguna rueda, pequeña o grande, rápida o
lenta, volverá a ponerse en movimiento. Los que antes solían quejarse
de las crecientes dificultades del tráfico, peatones que a primera vista
parecían ir sin rumbo cierto porque los coches, parados o andando,
constantemente les cortaban el camino, conductores que, tras haber
dado mil y tres vueltas hasta conseguir descubrir un lugar donde al fin
aparcar el automóvil, se convertían en peatones y protestaban por las
mismas razones que éstos después de haber andado reclamando por
las suyas, todos ellos deberían estar ahora satisfechos, salvo por la
circunstancia manifiesta de que no habiendo ya quien se atreva a
conducir un vehículo, aunque sea para ir de aquí a la esquina, los
coches, los camiones, las motos y hasta las bicicletas, tan discretas,
aparecen caóticamente estacionados por toda la ciudad, abandonados
en cualquier sitio donde el miedo haya sido más fuerte que el sentido
de propiedad, como evidenciaba grotescamente aquella grúa
con un
automóvil medio levantado, suspendido del eje delantero,
probablemente el primero en quedarse ciego había sido el conductor
de la grúa. Mala para todos, la situación, para los ciegos, era
catastrófica, dado que, según la expresión corriente, no podían ver
dónde ponían los pies. Daba lástima verlos tropezar con los coches
abandonados, uno tras otro, desollándose las pantorrillas, algunos
caían y lloraban, Hay alguien ahí que me ayude a levantarme, pero los