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fueron mis manos sobre el libro, Mi última imagen fue diferente, dijo la
mujer del médico, el interior de una ambulancia cuando estaba
ayudando a mi marido a entrar, Mi caso, ya se lo conté al doctor, dijo
el primer ciego, me había parado en un semáforo, la luz estaba en
rojo, había gente atravesando la calle de un lado a otro, fue entonces
cuando perdí la vista, después, aquel al que mataron el otro día me
llevó a casa, la cara ya no se la vi, claro, En cuanto a mí, dijo la mujer
del primer ciego, la última cosa que recuerdo haber visto fue mi
pañuelo, estaba en casa llorando, me llevé el pañuelo a los ojos, y en
aquel mismo instante me quedé ciega, Yo, dijo la empleada del
consultorio, acababa de entrar en el ascensor, tendí la mano para
apretar el botón y de repente me quedé sin ver nada, imagine mi
aflicción, allí encerrada, sola, no sabía si tenía que subir o bajar, no
encontraba el botón que abría la puerta, Mi caso, dijo el dependiente
de farmacia, fue más sencillo, oí decir que había gente que se estaba
quedando ciega, entonces pensé cómo sería si yo también perdiera la
vista, cerré los ojos para probarlo y, cuando los abrí, ya estaba ciego,
Parece otra parábola, habló la voz desconocida, si quieres ser ciego,
lo serás. Se quedaron callados. Los otros ciegos habían vuelto a sus
camas, lo que no era pequeño trabajo, porque si bien es verdad que
sabían los números que les correspondían, sólo empezando a contar
por uno de los extremos, de uno para arriba o de veinte para abajo,
podían tener la seguridad de llegar a donde querían. Cuando se apagó
el murmullo de la numeración, monótono como una letanía, la chica de
las gafas oscuras contó lo que le había sucedido, Estaba en el cuarto
de un hotel, tenía un hombre sobre mí, en este punto se calló, sintió
vergüenza de decir lo que estaba haciendo, que lo había visto todo
blanco, pero el viejo de la venda negra preguntó, Y lo viste todo
blanco, Sí, respondió ella, Quizá tu ceguera no sea como la nuestra,
dijo el viejo de la venda negra. Sólo faltaba la camarera de hotel,
Estaba haciendo una cama, alguien se había quedado ciego allí,
levanté y extendí la sábana blanca ante mí, la ajusté por los lados
metiendo las puntas como se debe, y cuando con las dos manos
estaba alisando la sábana, lentamente, era la de abajo, entonces dejé
de ver, me acuerdo de cómo estaba alisando la sábana, lentamente,
era la de abajo, terminó como si aquello tuviera una importancia
especial. Han contado todos su última historia del tiempo en que
veían, preguntó el viejo de la venda negra, Yo contaré la mía, dijo la
voz desconocida, si no hay nadie más, Si hubiera hablará luego, a ver,