amantes! Todo nuevo, todo original del poeta, está sin embargo escrito
en la conciencia del individuo, y el que lo siente, el que lo oye,
juzgándolo natural y propio, se pregunta si no lo ha escuchado o sentido
otra vez, si es posible que se diga o se sienta de otro modo.
Y sin embargo, pálida aparece seguramente esta graciosa escena,
comparada con la más dulce, más tierna, más encantadora de la
despedida de Romeo y Julieta.
Los primeros resplandores del día orlan en Oriente las nubes
crepusculares, las antorchas de la noche se han extinguido y el riente
día trepa a la cima de las brumosas montañas
: los dos esposos,
cobradas ya las primicias de su misteriosa unión, tristes en medio de su
fugaz ventura, platican tiernamente, prolongando en lo posible el
acuerdo de su amoroso deseo. La luz que se distingue no es para Julieta
la luz de la aurora, es sólo
la luz de algún meteoro que el sol ha
exhalado
para servir de conductor a su dulce bien; la voz que ha
penetrado en los oídos de éste es la
del ruiseñor, cantante de la noche,
no la de la alondra anunciadora del día
. Romeo comprende lo
contrario, ve la inmediata necesidad de partir, mas prefiere ser
sorprendido por complacer a su adorada, y conviene al fin en que
el gris
resplandor de la mañana es sólo el pálido reflejo de la frente de Cintia
.
Dulce, encantadora con descendencia, que seduce más por la sencillez,
por la propiedad de su expresión que por otra cosa; idea no nueva ni
extraordinaria seguramente, sí extraordinaria y nueva por su forma, por
el conjunto en que se envuelve, por la atmósfera de que brota. Esta
atmósfera y este conjunto, combinación de gozo y de melancolía, de
inefable dicha y de pesar profundo, efecto de una satisfecha esperanza y
de una esperanza desvanecida, engendra, si no los primeros, los más
reales, los más consistentes y tristes presentimientos en el alma de los
dos amantes. Ya no es una simple, infundada, particular frase, cual la
emitida por el taciturno Montagüe al entrar en la mansión de Capuleto,
es sí una doble, idéntica sensación de funesto porvenir, en que la vista y
la imaginación se aúnan para dejar más honda huella y hacer más
esperado, más indefectible el romántico, solemne, moral y grandioso
desenlace de la tragedia. «Ahora, que abajo estás -dice Julieta al mandar
su postrer adiós a Romeo-, me parece que te veo como un muerto en el
fondo de una tumba, o mis ojos se engañan, o pálido apareces». «Pues
de igual suerte te ven los míos -contesta el infeliz desterrado-; el dolor
penetrante deseca nuestra sangre».