sepas que me juego mi futuro en esta empresa. - Orcutt sacudió la ceniza de su pipa -.
Podíamos preguntarle a Jim sobre el asunto o mencionárselo a Glenn, como al acaso, y
ya verías sus reacciones. Pero no hay nada como apreciar las cosas con los propios ojos.
Me enteré de que ibas a regresar y tomé las medidas necesarias. Anda, ven conmigo.
El edificio en el que, según Orcutt, se trabajaba en el aparatito era una vieja fábrica de
ladrillos, de cinco pisos de altura, que según le pareció a Devan había pasado por lo
menos tres años abandonada. El Cadillac de Orcutt dio tres vueltas a la manzana. El
hombrón maldecía por lo bajo. Todos los lugares de estacionamiento se encontraban
ocupados.
- Hay personas que dejan aquí sus coches y van andando hasta su lugar de trabajo, en el
Loop - explicó, haciendo doblar el coche en la próxima esquina -. Cuando nos mudemos
a este edificio, necesitaremos sitio para aparcar los automóviles de la compañía. No sé
de dónde vamos a sacarlo.
Devan no contestó. Aunque no quería prejuzgar el proyecto, se sentía casi seguro de que
vería justificada su aversión por el mismo.
De todos modos, no había ninguna razón para realizarlo fuera de la Inland. En la amplia
planta sobraba espacio para llevar a cabo las investigaciones. Además, allí no se
presentaban problemas de aparcamiento. Y cosa más importante aún, se podía controlar
de cerca la marcha de los trabajos, en el supuesto de que se aprobase el misterioso
proyecto.
Dejaron el automóvil a dos manzanas del lugar y caminaron con dificultad a lo largo de
la acera, cubierta por una dura capa de nieve. Mientras se aproximaban al edificio
deshabitado, pasaron frente a un bar, una casa de artículos de fontanería, con flotadores
de cobre corroídos por el óxido y un desordenado conjunto de grifos, cañerías y
accesorios detrás de las sucias vidrieras, una imprenta que exhibía pliegos de bordes
amarillentos y muestras de tipos, y una casa de limpia fachada pintada de blanco, donde
se leía «Misión Redentora de Sudduth». Tras el cristal de la ventana, se veía una Biblia,
con la luz de un reflector enfocada sobre sus páginas abiertas. La puerta próxima
correspondía a un almacén «Almacén Hodges» débilmente iluminado. Los cristales
empañados por el vaho no permitían ver el interior.
Debajo de la cornisa decorada que coronaba el quinto piso del edificio contiguo, y
extendido a lo largo de los treinta metros de la fachada, un letrero de gastadas letras
doradas sobre un fondo afiligranado anunciaba una fábrica de estufas: Rasmussen Store
Company. Los embates de muchos años de intemperie habían desprendido algunas
letras, que ahora aparecían torcidas, unas sobre otras. Faltaba la e de Store. Devan se
preguntó qué habría sido de ella.
- No creo que aquí se haya fabricado una sola estufa en los últimos veinte años -
comentó Orcutt, siguiendo la dirección de la mirada de Devan -. Durante la guerra,
hacían herramientas ligeras: tenazas, escoplos, etcétera. Bien, entremos.
Se acercó a la entrada principal y llamó.