hombre, descubierto por un relativamente oscuro profesor de física, llamado el doctor
Winfield Costigan.
Las noticias de tipo industrial, lo mismo que las otras, sobre todo las relativas a la vida
privada de la gente, se movían con rapidez. Existía una red invisible de comunicación,
como un sistema nervioso, a través de la cual pasaban de una planta de fabricación a
otra las noticias sobre los resultados de las investigaciones, los proyectos en marcha, las
decisiones sobre la política de la empresa. Nadie sabía cómo, pero todo el mundo sabía
por qué. Quizás esa comunicación se hacía posible gracias a las señoritas Treat de este
mundo, pagadas para que informasen de todo cuanto veían u oían.
Ahora que la decisión había sido tomada y el dinero concedido, no había razón para
retrasarlo, pensó Devan. Claro está que surgirían obstáculos, de eso no cabía la menor
duda. Por ejemplo, tal vez la Inland quisiera comprar el edificio de la Rasmussen Store
Company. Y habría que pensar en algún sistema para mantener protegido el proyecto.
Tendrían que contratar a alguna gente. A la clase de gente adecuada... Se le ocurrían
infinidad de posibles problemas.
Levantó el auricular y marcó el indicativo de larga distancia. En escasos minutos, estaba
hablando con su esposa.
- ¿De qué se trataba, Dev? - preguntó la voz femenina -. ¿Era tan grave como dio a
entender la señorita Treat? He estado esperando, deseosa de saber lo ocurrido.
- Hemos superado la crisis - respondió él -. Todo marcha muy bien. El asunto está
solucionado.
- ¿Cuándo vuelves?
Devan tosió.
- Mira, no por el momento. Te...
- En ese caso, no todo está solucionado.
- Escucha, Beverly, tenemos un nuevo proyecto. Algo grande, distinto a cuanto se ha
hecho hasta ahora. Quiero vigilarlo, para que no fracase desde el principio. Será cosa de
pocos días, no más de una semana. Apenas termine, regresaré volando.
- ¡Por favor, Dev! - La voz se quebró un poco -. He estado tan sola desde que te fuiste...
No conozco a nadie en la ciudad. Sin ti, me siento perdida...
Devan se imaginó los ojos azules de su esposa arrasados en lágrimas. El pensamiento le
enterneció.
- Tienes a los chicos.
- También ellos te extrañan.