TRATADO DE LA REFORMA DEL ENTENDIMIENTO
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saludables, tenía que decirlas y probarlas no sólo por
sus escritos, sino por su ejemplo, por su gran bon-
dad y su inflexible firmeza, por la dulzura simple de
sus costumbres y la orgullosa independencia de su
carácter, por su modestia y su seguridad; mientras
pulía lentes y escribía a Albert Burgh
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"renuncia a
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Albert Burgh era hijo de Conrad Burgh, que fue tesorero
general de las Provincias Unidas, y a quien Spinoza parece
haber apreciado mucho. Por algún tiempo se creyó que Al-
bert Burgh era el discípulo para cuya instrucción Spinoza
compuso los Principios de la filosofía de Descartes. Van Vloten
hizo esta conjetura, que fue admitida por buen número de
historiadores y de intérpretes de Spinoza, entre otros por
Pollock; Spinoza, his life and Philosophy (Londres, 1880, pág.
24). Está bien probado que ese discípulo no fue Albert Burgh
(nacido cuando más en 1651), pero es exacto que Spinoza lo
conoció adolescente aún o por lo menos joven y que hasta
había fundado en él algunas esperanzas. Convertido al catoli-
cismo en el curso de un viaje a Italia, tuvo la audacia de es-
cribir a Spinoza una carta harto irrazonable e insolente en la
cual le exhortaba a retractarse de sus errores. Spinoza, a rue-
go de algunos amigos y sin duda por consideración al padre
del joven, le respondió (Carta 76 de la edición van VIoten y
Land). La respuesta es particularmente interesante para el
estudio del carácter de Spinoza, a quien muestra capaz de un
sentimiento vivo, irritado, casi violento. Ante un joven exal-
tado que, en su celo impertinente, le exige que renuncie a lo
que es su vida misma, Spinoza no puede reprimir un movi-
miento de santa cólera. Él, que era habitualmente la benevo-
lencia y la dulzura mismas en sus relaciones con los hombres,
habla, en nombre de la razón ultrajada, un lenguaje duro y
severo.