SPINOZA
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una superstición funesta, reconoce y cultiva tu ra-
zón"; protestaba contra la barbarie de la multitud
asesina de los hermanos Witt
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, y se entretenía fami-
liarmente, alegremente, con sus huéspedes van der
Spyck; rehusaba la cátedra de profesor que le ofre-
cían en Heidelberg, como había rechazado la riqueza
ofrecida por su amigo S. de Vries, y respondía infati-
gablemente a las cuestiones a menudo poco inteli-
gentes planteadas por sus amigos, a veces hasta por
sus adversarios más o menos aclarados, como Gui-
llermo de BIyenbergh
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, haciendo todo esto discre-
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Sabemos por diversos testimonios que esta acción abomi-
nable y que deja una mancha en el nombre de Guillermo de
Orange (fueron las intrigas del partido orangista y ultracalvi-
nista las que condujeron al levantamiento popular y al asesi-
nato del gran pensionario) impresionó grandemente a
Spinoza. Habría querido fijar inmediatamente después en los
muros de La Haya un pasquín con estas palabras: Ultimi bar-
barorum. Su huésped van der Spyck tuvo casi que emplear la
violencia para impedírselo. Cuando se entrevistó con Leibniz
(noviembre 1676) Spinoza recordó ese suceso. (Véase Freu-
denthal: Lebensgeschichte, pág. 201.)
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Guillermo de BIyenbergh escribió a Spinoza, sin conocerlo,
después de la publicación de los Principios de la filosofía de Des-
cartes. Se inició así una correspondencia que da una elevada
idea de la paciencia de Spinoza. La correspondencia, cesó
cuando éste adquirió la certeza de que su corresponsal no
quería usar rectamente de su razón. Más tarde, Blyenbergh
atacó violentamente a Spinoza. (Véase Meinsma, ob cit., pág.
387).