SPINOZA
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sufrieron cruelmente por adquirir o conservar el ho-
nor. Innumerables, en fin, son los ejemplos de aque-
llos que han apresurado su muerte por el exceso de
placer. Por lo demás, esos males parecían provenir
de que toda nuestra felicidad o infelicidad reside en
un sólo punto: ¿á qué clase de objeto estamos ape-
gados por el amor? En efecto, lo que no se ama no
engendra nunca disputa; no estaremos tristes si se
pierde, ni sentiremos envidia si cae en posesión de
otro; ni temor, ni odio, en una palabra, ninguna
conmoción del alma. Pero estas pasiones son nues-
tra herencia cuando amamos cosas perecederas, co-
mo aquellas de que hemos hablado. Mas el amor
hacia una cosa eterna e infinita alimenta el alma con
una alegría pura y exenta de toda tristeza; bien gran-
demente deseable y que merece ser buscado con to-
das nuestras fuerzas. Por cierto no he escrito sin
razón estas palabras: sólo si podía reflexionar seria-
mente. Pues por más claramente que mi espíritu
percibiera lo que precede, aun no podía despren-
derme por entero de toda avidez, deseo de placer y
de gloria.
(4) Un solo punto era claro: mientras mi espíritu
estaba entregado a tales meditaciones, se apartaba de
las cosas perecederas y seriamente pensaba en la