TRATADO DE LA REFORMA DEL ENTENDIMIENTO
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primera, será porque, o bien habla contra su con-
ciencia, o bien habremos de confesar que hay hom-
bres cuyo espíritu es completamente ciego, sea de
nacimiento o por prejuicios, es decir, debido a algo
externo. En efecto, ni siquiera poseen conciencia de
si mismos: si afirman cualquier cosa o dudan de ella,
no saben que afirman o que dudan; dicen que no
saben nada y hasta declaran ignorar que no saben
nada; esto mismo lo dicen con restricción, pues te-
men confesar que existen, puesto que como nada
saben, deben callar por temor de admitir algo que
huela a verdad. En definitiva, es preciso abstenerse
de hablar de ciencias con ellos (pues en lo concer-
niente a la vida y a la sociedad la necesidad les fuerza
a reconocer su propia existencia, a buscar lo que les
es útil, a afirmar y a negar bajo juramento muchas
cosas). En efecto, si se les prueba algo, no saben si la
argumentación es probatoria o defectuosa; si niegan,
conceden u oponen una objeción, no saben que nie-
gan, conceden u objetan; hay que considerarlos,
pues, como autómatas enteramente desprovistos de
pensamiento.
(32) Volvamos ahora a nuestro designio. Deter-
minamos primo la meta hacia la cual procuramos
dirigir todos nuestros pensamientos. Reconocimos