DOCTOR JEKILL Y MISTER HYDE
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abogado, cuando aun estaba en la cama; y tan
pronto como lo vio y le dijeron las circunstancias
del caso, alargó solemnemente el labio inferior, y
dijo:—Nada diré hasta que haya visto el cadáver;
parece este un asunto muy serio. Tenga usted la
bondad de esperar mientras me visto.
Y con el mismo grave continente, después de
desayunar de prisa, se fue en un coche a la estación
de policía, donde ya habían llevado el cadáver. En
cuanto entró en la celda, hizo un gesto afirmati-
vo:—Sí —dijo—, lo conozco. Siento decir que es
sir Danvers Carew.
—¡Caramba! ¿Será posible? —exclamó el fun-
cionario, y en seguida brilló en sus ojos la ambición
profesional—. Esto va a hacer la mar de ruido. Y
acaso usted pueda ayudarnos a echar mano al autor.
Y en pocas palabras le contó lo que la doncella
había visto, y le enseñó el bastón roto.
Mister Utterson se había ya sobrecogido tan
pronto como oyó el nombre de Hyde; pero cuando
le pusieron delante del bastón, ya no podo dudar:
roto y desfigurado como estaba, vio que era el mis-
mo que él había regalado, muchos años atrás, a
Henry Jekill.
—¿Ese mister Hyde es bajo de estatura? —pre-