ROBERT LOUIS STEVENSON
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acuerdo con él en que no debemos vernos mas.
Pienso, de aquí en adelante, llevar una vida de ex-
tremado recogimiento, y no debe sorprenderte, ni
debes dudar de mi amistad si, con frecuencia, está
cerrada mi puerta, hasta para ti. Tienes que dejarme
seguir mi propio oscuro camino. He traído sobre mí
un castigo y un peligro que no puedo nombrar. Si
soy el mayor de los pecadores, soy también el mayor
de los afligidos. No podía pensar que en este mun-
do se llegasen a sufrir tormentos y terrores tan ani-
quiladores, y sólo una cosa puedes hacer para aliviar
este sino: respetar mi silencio".
Utterson quedó confuso; la negra influencia de
Hyde había desaparecido; el doctor había vuelto a
sus habituales labores y amistades; una semana an-
tes, el futuro le sonreía con todas las esperanzas de
una vejez, placentera y honorable; y ahora, en un
instante, la amistad, la paz del ánimo y todo el curso
de su vida, se habían derrumbado. Tan brusca e
inesperada mudanza era indicio de locura; pero, en
vista de la actitud y de las palabras de Lanyon, debía
tener todo aquello más hondas raíces.
Una semana más tarde, el doctor Lanyon cayó
en cama, y en menos de quince días había muerto.
La noche siguiente al entierro, que lo había afectado