DOCTOR JEKILL Y MISTER HYDE
61
tranquilo por el pobre Jekill, y siento como si, aun
desde fuera, la presencia de un amigo pudiera ha-
cerle bien.
El callejón estaba muy frío y húmedo, sumido
ya en un crepúsculo anticipado, aunque el cielo, allá
arriba, sobre las cabezas, aun brillaba con el sol del
ocaso. De las tres ventanas, estaba entreabierta la
del medio, y sentado junto a ella, tomando el aire,
con aspecto de infinita tristeza, como un prisionero
sin esperanza, vio Utterson al doctor Jekill.
—¡Eh! ¡Jekill! —le gritó—. ¿Qué? ¿Estás
mejor? —Estoy muy deprimido, Utterson —con-
testó el doctor con voz lúgubre—. Muy deprimido.
Ya no durará mucho, gracias a Dios.
—Estás demasiado encerrado. Deberías salir
para mover la sangre, como Enfield y yo... Mi pa-
riente mister Enfield... El doctor Jekill. Vamos,
ponte el sombrero y vente a dar una vuelta con no-
sotros.
—Muchas gracias —suspiró el otro—. ¡De qué
buena gana lo haría! Pero no, no, es completa-
mente imposible; no me atrevo. Pero, de veras,
Utterson, me alegro tanto de verte, me das un gran
placer... Pediría a ti y a mister Enfield que subieseis;
pero éste no es sitio para recibir a nadie.