DOCTOR JEKILL Y MISTER HYDE
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estremecido, volviéndose hacia la puerta interior
con caras de temerosa expectación.
—Y ahora —continuó el mayordomo, dirigién-
dose al pinche—, tráeme una vela y vamos a despa-
char este asunto de una vez.
Y rogando a mister Utterson que lo siguiese,
echó a andar hacia el jardín.
—Ahora —dijo—, venga usted con toda la pre-
caución que pueda. Quiero que oiga usted sin que lo
oigan. Y mire, señor: si por casualidad le dijese él
que entrase, no entre usted.
Los nervios de Utterson, ante esta conclusión
inesperada, dieron una sacudida que casi le hizo
perder el equilibrio, pero reunió todo su valor y si-
guió al mayordomo al edificio del laboratorio y a
través del anfiteatro, por entre los montones de
embalajes y frascos, hasta el pie de la escalera. Allí,
Poole le hizo señas de que se detuviese a un lado y
escuchase; y él, después de poner el candelero en el
suelo y haciendo un visible esfuerzo para decidirse,
golpeó con insegura mano en la bayeta roja de la
puerta del gabinete. —Señor: mister Utterson quiere
ver a usted —dijo en alta voz, haciendo entre tanto
exageradas señas al abogado para que escuchase.
Una voz quejumbrosa respondió desde adentro:—