ROBERT LOUIS STEVENSON
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mante.
Esto los llevó hacia la chimenea, donde la buta-
ca estaba arrimada, cómodamente, al fuego, y el ser-
vicio de té dispuesto al lado del que había de sentar-
se, hasta con el azúcar en la taza. Había varios libros
en un estante, y uno abierto junto a las cosas del té.
Utterson vio con asombro que era un ejemplar de
una obra piadosa que Jekill tenía en gran estima,
anotado de su propia mano con atroces blasfemias.
Después llegaron en su revista al espejo de
cuerpo entero, en cuya diáfana profundidad miraron
con involuntario horror; pero estaba inclinado de
manera que sólo vieron el rosado fulgor de la lum-
bre jugueteando en el techo, las llamas reflejándose,
cien veces repetidas, en el frente de cristales de los
armarios, y sus propias caras, pálidas y temerosas,
inclinadas para mirar. —Este espejo, señor, ha visto
algunas cosas raras —murmuró Poole.
—Y, seguramente, ninguna tan extraña como él
mismo —contesto el abogado con el mismo tono—
Porque, ¿para qué Jekill...? —y se contuvo en esta
palabra con un estremecimiento, pero venciendo
aquella debilidad, prosiguió—: ¿Para qué podía ne-
cesitarlo Jekill? —Lo mismo me pregunto yo —dijo
Poole.