Drácula
Bram Stoker
—¡Dios mío! —dijo él—. ¡Esto es terrible! No hay tiempo que perder. Se morirá por falta de
sangre para mantener activa la función del corazón. Debemos hacer inmediatamente una transfusión de
sangre. ¿Usted, o yo?
—Maestro, yo soy más joven y más fuerte; debo ser yo.
—Entonces, prepárese al momento. Yo traeré mi maletín. Ya estoy preparado.
Lo acompañé escaleras abajo, y al tiempo que bajábamos alguien llamó a la puerta del corredor.
Cuando llegamos a él, la sirvienta acababa de abrir la puerta y Arthur estaba entrando velozmente. Corrió
hacia mí, hablando en un susurro angustioso.
—Jack, estaba muy afligido. Leí entre líneas tu carta, y he estado en un constante tormento. Mi
papá está mejor, por lo que corrí hasta aquí para ver las cosas por mí mismo. ¿No es este caballero el
doctor van Helsing? Doctor, le estoy muy agradecido por haber venido.
Cuando los ojos del profesor cayeron por primera vez sobre él, había en ellos un brillo de cólera
por la interrupción en tal momento: pero al mirar sus fornidas proporciones y reconocer la fuerte hombría
juvenil que parecía emanar de él, sus ojos se alegraron. Sin demora alguna le dijo, mientras extendía la
mano:
—Joven, ha llegado usted a tiempo. Usted es el novio de nuestra paciente, ¿verdad? Está mal;
muy, muy mal. No, hijo, no se ponga así —le dijo, viendo que repentinamente mi amigo se ponía pálido y
se sentaba en una silla casi desmayado—. Usted le va a ayudar a ella. Usted puede hacer más que
ninguno para que viva, y su valor es su mejor ayuda.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Arthur, con voz ronca—. Dígamelo y lo haré. Mi vida es de ella,
y yo daría hasta la última gota de mi sangre por ayudarla.
El profesor tenía un fuerte sentido del humor, y por conocerlo tanto yo pude detectar un rasgo de
él, en su respuesta:
—Mi joven amigo, yo no le pido tanto; por lo menos no la última.
—¿Qué debo hacer?
Había fuego en sus ojos, y su nariz temblaba de emoción. Van Helsing le dio palmadas en el
hombro.
—Venga —le dijo—. Usted es un hombre, y un hombre es lo que necesitamos. Usted está mejor
que yo, y mejor que mi amigo John.
Arthur miró perplejo y entonces mi maes tro comenzó a explicarle en forma bondadosa:
—La joven señorita está mal, muy mal. Quiere sangre, y sangre debe dársele, o muere. Mi amigo
John y yo hemos consultado; y estamos a punto de realizar lo que llamamos una transfusión de sangre:
pasar la sangre de las venas llenas de uno a las venas vacías de otro que la está pidiendo. John iba a
dar su sangre, ya que él es más joven y más fuerte que yo (y aquí Arthur tomó mi mano y me la apretó
fuertemente en silencio), pero ahora usted está aquí; usted es más fuerte que cualquiera de nosotros,
viejo o joven, que nos gastamos mucho en el mundo del pensamiento. ¡Nuestros nervios no están tan
tranquilos ni nuestra sangre es tan rica como la suya!
Entonces Arthur se volvió hacia el eminente médico, y le dijo:
—Si usted supiera qué felizmente moriría yo por ella, entonces entendería...
Se detuvo, con una especie de asfixia en la voz.
—¡Bien, muchacho! —dijo van Helsing—. En un futuro no muy lejano estará contento de haber
hecho todo lo posible por ayudar a quien ama. Ahora venga y guarde silencio. Antes de que lo hagamos
la besará una vez, pero luego debe usted irse: y debe irse a una señal mía. No diga ni palabra de esto a
la señora; ¡usted ya sabe cuál es su estado! No debe tener ninguna impresión; cualquier contrariedad la
mataría. ¡Venga!
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