tela o la madera y, sí, incluso a través de las paredes y las puertas cerradas. Sabía cuántos
niños y cuáles de ellos se hallaban en el dormitorio sin haber entrado en él y también sabía
cuándo se escondía una oruga en la coliflor antes de partirla. Y una vez que ella había ocultado
tan bien el dinero, que no lo encontraba (cambiaba el escondite), señaló sin buscar un segundo
un lugar detrás de la viga de la chimenea y en efecto, allí estaba! Incluso podía ver el futuro,
pues anunciaba la visita de una persona mucho antes de su llegada y predecía infaliblemente la
proximidad de una tormenta antes de que apareciera en el cielo la más pequeña nube. Madame
Gaillard no habría imaginado ni en sueños, ni siquiera aunque el atizador le hubiera dejado
indemne el sentido del olfato, que todo esto no lo veía con los ojos, sino que lo husmeaba con
una nariz que cada vez olía con más intensidad y precisión: la oruga en la col, el dinero detrás
de la viga, las personas a través de las paredes y a una distancia de varias manzanas. Estaba
convencida de que el muchacho -imbécil o no- era un vidente y como sabía que los videntes
ocasionaban calamidades e incluso la muerte, empezó a sentir miedo, un miedo que se
incrementó ante la insoportable idea de vivir bajo el mismo techo con alguien que tenía el don
de ver a través de paredes y vigas un dinero escondido cuidadosamente, por lo que en cuanto
descubrió esta horrible facultad de Grenouille ardió en deseos de deshacerse de él y dio la
casualidad de que por aquellas mismas fechas -Grenouille tenía ocho años- el convento de
Saint-Merri suspendió sus pagos anuales sin indicar el motivo. Madame Gaillard no hizo
ninguna reclamación; por decoro, esperó otra semana y al no llegar tampoco entonces el dinero
convenido, cogió al niño de la mano y fue con él a la ciudad.
En la Rue de la Mortellerie, cerca del río, conocía a un curtidor llamado Grimal que tenía
una necesidad notoria de mano de obra joven, no de aprendices u oficiales, sino de jornaleros
baratos. En el oficio había trabajos -limpiar de carne las pieles putrefactas de animales, mezclar
líquidos venenosos para curtir y teñir, preparar el tanino cáustico para el curtido- tan peligrosos
que un maestro responsable no los confiaba, si podía evitarlo, a sus trabajadores
especializados, sino a maleantes sin trabajo, vagabundos e incluso niños sin amo por los cuales
nadie preguntaba en caso de una desgracia. Como es natural, madame Gaillard sabía que en el
taller de Grimal, el niño Grenouille tendría pocas probabilidades de sobrevivir, pero no era mujer
para preocuparse por ello. Ya había cumplido con su deber; el plazo del hospedaje había
tocado a su fin. Lo que pudiera ocurrirle ahora a su antiguo pupilo no le concernía en absoluto.
Si sobrevivía, mejor para él, y si moría, daba igual; lo importante era no infringir la ley. Exigió a
monsieur Grimal una declaración por escrito de que se hacía cargo del muchacho, firmó por su
parte el recibo de quince francos de comisión y emprendió el regreso a su casa de la Rue de
Charonne, sin sentir la menor punzada de remordimiento. Por el contrario, creía haber obrado
no sólo bien, sino además con justicia, puesto que seguir manteniendo a un niño por el que
nadie pagaba redundaría en perjuicio de los otros niños e incluso de sí misma y pondría en
peligro el futuro de los demás pupilos y su propio futuro, es decir, su propia muerte privada, que
era el único deseo que tenía en la vida.
Dado que abandonamos a madame Gaillard en este punto de la historia y no
volveremos a encontrarla más tarde, queremos describir en pocas palabras el final de sus días.
Aunque muerta interiormente desde niña, madame Gaillard alcanzó para su desgracia una edad
muy avanzada. En 1782, con casi setenta años, cerró su negocio y se dedicó a vivir de renta en
su pequeña vivienda, esperando la muerte. Pero la muerte no llegaba. En su lugar llegó algo
con lo que nadie en el mundo habría podido contar y que jamás había sucedido en el país, a
saber, una revolución, o sea una transformación radical del conjunto de condiciones sociales,
morales y trascendentales. Al principio, esta revolución no afectó en nada al destino personal
de madame Gaillard. Sin embargo, con posterioridad -cuando casi tenía ochenta años-, sucedió
que el hombre que le pagaba la renta se vio obligado a emigrar y sus bienes fueron