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Giuseppe Baldini se despojó efectivamente de la perfumada levita, pero sólo por
costumbre. Hacía mucho tiempo que ya no le molestaba el olor del agua de franchipán porque
había vivido impregnado de él durante décadas y ya no lo percibía en absoluto. También cerró
la puerta del despacho, deseando estar tranquilo, pero no se sentó ante el escritorio a cavilar y
esperar una inspiración porque sabía mucho mejor que Chènier que esta inspiración no
vendría; en realidad, nunca había tenido ninguna. Era cierto que estaba gastado y viejo y ya no
era un gran perfumista; pero sólo él sabía que no lo había sido en su vida. La "Rosa del sur" era
herencia de su padre y la receta del "Bouquet galante de Baldini" la había comprado a un
comerciante de especias genovés a su paso por París. Sus otros perfumes eran mezclas ya
conocidas. él no había creado nunca ninguno; no era un creador, sólo un mezclador
concienzudo de olores acreditados, como un cocinero que, con rutina y buenas recetas, prepara
buenas comidas pero nunca ha inventado ningún plato propio. Si continuaba todavía con toda
aquella comedia del laboratorio, los experimentos, la inspiración y el secreto era porque
formaban parte de la imagen profesional de un "Maetre Parfumeur et Gantier". Un perfumista
era una especie de alquimista que realizaba milagros y si la gente así lo quería, qué remedio!
Sólo él sabía que su arte era una artesanía como cualquier otra y esto constituía su orgullo. No
quería ser ningún inventor. Para él inventar era muy sospechoso porque siempre significaba
quebrantar alguna regla. No tenía la menor intención de crear un nuevo perfume para el conde
Verhamont. En todo caso, cuando más tarde bajara a la tienda no se dejaría convencer por
Chènier para procurarse el "Amor y Psique" de Pèlissier. Ya lo tenía. Allí estaba, sobre el
escritorio situado ante la ventana, en un pequeño frasco de cristal de tapón pulido. Lo había
comprado hacía ya dos días. No personalmente, claro. No podía ir en persona a casa de
Pèlissier a comprar un perfume! Lo había hecho a través de un intermediario, que había
actuado a través de otro intermediario... Se imponía ser precavido, porque Baldini no quería el
perfume simplemente para impregnar el cuero español; para eso no habría bastado aquella
cantidad tan pequeña. Su intención era peor: quería copiarlo.
No se trataba de nada prohibido, desde luego, pero sí de algo muy poco delicado.
Imitar secretamente el perfume de un competidor y venderlo con la propia firma era una
indelicadeza flagrante. Aún era peor, sin embargo, ser sorprendido haciéndolo y por esa razón
Chènier no podía saber nada, porque Chènier era un charlatán.
Ah, qué triste resultaba para un hombre cabal verse obligado a seguir caminos tan
sinuosos! Qué triste manchar de aquel modo tan sórdido lo más valioso que el hombre posee,
su propio honor! Pero, ¿qué hacer, si no? El conde Verhamont era un cliente que no podía
perder. Ya casi no le quedaba ninguno, tenía que correr detrás de la clientela como a principios
de los años veinte, cuando se hallaba en los comienzos de su carrera y tenía que ir por las
calles con el maletín. Sólo Dios sabía que él, Giuseppe Baldini, propietario del mayor y mejor
situado establecimiento de sustancias aromáticas de París, un negocio próspero, tenía que
volver a depender económicamente de las rondas domiciliarias que hacía con el maletín en la
mano. Y esto no le gustaba nada porque ya tenía más de sesenta años y detestaba esperar en
antesalas frías y vender a viejas marquesas, a fuerza de palabrería, agua de mil flores y vinagre
aromático o ungüentos para la jaqueca. Además, en aquellas antesalas se encontraba uno con
los competidores más repugnantes. Había un advenedizo llamado Brouet, de la Rue Dauphine,
que afirmaba poseer la mayor lista de pomadas de Europa; o Calteau, de la Rue Mauconseil,
que había llegado a proveedor de la corte de la condesa de Artois; o aquel imprevisible Antoine
Pèlissier, de la Rue Saint-Andrè- des-Arts, que cada temporada lanzaba un nuevo perfume que
enloquecía a todo el mundo.