buscar al médico más renombrado del barrio, un tal Procope, a quien tuvo que pagar por
adelantado -veinte francos!- para que se molestara en visitarle a domicilio.
El médico fue, levantó la sábana con las puntas de los dedos, echó una sola ojeada al
cuerpo de Grenouille, que realmente parecía agujereado por cien balas, y abandonó la estancia
sin haber abierto siquiera el maletín, que le llevaba siempre un ayudante. El caso, explicó a
Baldini, era muy claro: se trataba de una especie sifilítica de la viruela, complicada con un
sarampión purulento en su último estadio. Por ello no procedía recetar ninguna clase de
tratamiento, ya que era imposible practicar debidamente una sangría con la lanceta en un
cuerpo ya medio descompuesto, más parecido a un cadáver que a un organismo vivo. Y
aunque todavía no se notaba la pestilencia característica de esta enfermedad -lo cual, por otra
parte, resultaba asombroso y constituía, desde el punto de vista estrictamente científico, un
caso muy raro-, el óbito del paciente dentro de las próximas cuarenta y ocho horas era tan
seguro como que él se llamaba doctor Procope. Tras lo cual exigió el pago de otros veinte
francos por la visita y el diagnóstico -cinco de ellos deducibles si le entregaban el cadáver para
aprovechar su sintomatología clásica con fines docentes- y se despidió.
Baldini estaba fuera de sí. Gimió y gritó con desesperación; se mordió los dedos, furioso
contra su destino. Una vez más veía frustrarse sus planes de un éxito espectacular poco antes
de alcanzar la meta. La vez anterior se habían interpuesto, con la riqueza de su inventiva,
Pèlissier y sus compinches, y esta vez era este muchacho, dotado de un fondo inagotable de
nuevos olores, este pequeño rufián, más valioso que su peso en oro, quien precisamente ahora,
en la fase ascendente del negocio, tenía que contraer la viruela sifilítica y el sarampión
purulento en su estado último! Precisamente ahora! ¿Por qué no dentro de dos años? ¿Por qué
no dentro de uno? Para entonces podría haberlo explotado como una mina de plata o como un
asno de oro. Dentro de un año podía morirse tranquilo. Pero, no! Tenía que morirse ahora, por
Dios Todopoderoso, en un plazo de dos días!
Durante unos segundos acarició Baldini la idea de peregrinar hasta Notre-Dame para
encender una vela y orar ante la Santa Madre de Dios por la salud de Grenouille, pero desistió
de ello porque el tiempo apremiaba. Corrió a buscar papel y tinta y ahuyentó a su esposa de la
habitación del enfermo. Quería velarle él mismo. Se sentó en una silla a la cabecera de la cama
y, con el cuaderno sobre las rodillas y la pluma mojada de tinta en la mano, intentó arrancar a
Grenouille una confesión perfumística. Por el amor de Dios, que al menos no se llevara consigo
así como así los tesoros que albergaba en su interior! Que al menos ahora, en sus últimos
momentos, dejara en sus manos una última voluntad que preservarse para la posteridad los
mejores perfumes de todos los tiempos! Él, Baldini, administraría y daría a conocer fielmente
este testamento, este catálogo de fórmulas de las fragancias más sublimes que el mundo
conociera jamás. Rodearía de una gloria inmortal el nombre de Grenouille; sí, incluso –lo juraba
ahora mismo por todos los santos- pondría los mejores perfumes a los pies del rey en un frasco
de ágata engarzada en oro cincelado con la inscripción: "De Jean-Baptiste Grenouille,
"parfumeur de Paris"". Esto decía, o más bien, esto murmuraba Baldini al oído de Grenouille,
jurando, suplicando, adulando en una letanía ininterrumpida.
Pero todo era inútil; Grenouille no soltaba más que secreciones acuosas y pus
sanguinolento. Yacía mudo bajo el damasco, supurando estos jugos nauseabundos pero sin
revelar los tesoros de su ciencia ni la fórmula de una sola fragancia. Baldini le habría
estrangulado, le habría matado a golpes si de este modo hubiera podido arrancar del cuerpo
moribundo, con alguna probabilidad de éxito, sus secretos más válidos... y si con ello no
hubiera atentado de manera tan flagrante contra su concepto cristiano del amor al prójimo.