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Hipólito Adolfo Taine
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glés y con los fabricantes de sonetos, agudezas y enfáticas peroraciones
de la decadencia italiana.
Entre todos estos ejemplos elegiré dos absolutamente convincen-
tes. El primero es la decadencia de la pintura y la escultura en la anti-
güedad. Basta, para tener la impresión justa de lo que digo, visitar
sucesivamente Pompeya y Rávena. En Pompeya, las pinturas y escul-
turas son del siglo I. En Rávena, los mosaicos son del siglo VI y datan
de los tiempos del emperador Justiniano. Durante este intervalo de
quinientos años el arte se ha perdido irremediablemente y la decaden-
cia viene, en absoluto, por abandonar el estudio del natural. Todavía
en el siglo I subsistían las costumbres de la palestra y los gustos paga-
nos. Los hombres llevaban vestiduras holgadas, de las que se despoja-
ban fácilmente, frecuentaban los baños, se ejercitaban desnudos,
asistían a las luchas del circo, contemplaban aún, con mirada in-
teligente y benévola, las varias actitudes del cuerpo desnudo en movi-
miento. Los escultores, los pintores, los artistas de entonces, rodeados
de modelos desnudos, o cuando menos casi desnudos, podían reprodu-
cirlos en sus obras. Esta es la razón de encontrar en Pompeya, en los
muros de los pequeños oratorios, en los patios interiores, acabadas
imágenes de hermosas mujeres que danzan, de jóvenes héroes audaces
y altivos, robustos pechos, ligeros pies, las innumerables formas y ac-
titudes del cuerpo humano reproducidos con tal perfección y facilidad
que ni aun el más concienzudo y paciente estudio en nuestros días
llegaría a igualar.
Durante los cinco siglos que siguen, poco a poco cambia toda la
vida. Desaparecen las costumbres paganas, la afición a la palestra, el
amor al desnudo. Ya no se exhibe el cuerpo, sino que se oculta bajo
complicadas vestiduras, deslumbradores bordados, telas de púrpura y
todas las magnificencias de Oriente. No se aprecia ya el atleta o el
efebo, sino el eunuco, el escriba, la mujer, el monje. El ascetismo
avanza cada día y con él progresan los vagos ensueños, las vanas dis-
putas, el triunfo de los papelotes y del
ergo
. Los ramplones charlatanes