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Hipólito Adolfo Taine
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realidad, todos estos desfiles y espectáculos no son sino relieves o cua-
dros. La edad del simbolismo ha sido substituida por la edad de lo
pintoresco. El alma ya no se satisface con un ente de la filosofía esco-
lástica: anhela contemplar una forma animada; el pensamiento huma-
no necesita para completarse ser traducido, a las miradas de los
hombres, por una obra de arte.
Pero esa obra de arte no puede ser igual a la producida en Italia,
porque la cultura y la orientación espiritual son distintas. Pronto se
advierte esta diferencia al leer los versos ingenuos y descoloridos que
recitan la Santa Iglesia y las Virtudes: poesía rancia y huera, palabre-
ría manida de antiguos trovadores, retahíla de frases rimadas cuyo,
ritmo es tan flojo como los pensamientos que encierran. Aquí no tuvie-
ron un Dante, un Petrarca, un Bocacio o un Villani. El ingenio, más
tardo y alejado de la tradición latina, ha quedado por más tiempo ata-
do con la disciplina y la inercia de la Edad Medía. No hay en estos
países averroístas escépticos y médicos como los que describe Petrarca;
también faltan los humoristas restaurados de las antiguas letras, casi
paganos, como los que se agrupan en torno de Lorenzo de Médicis. La
fe cristiana y los sentimientos religiosos se hallan más arraigados y
son más vigorosos aquí que en Venecia o en Florencia; aun alientan
con energía bajo las pompas sensuales de la Corte de Borgoña. Aun-
que hay muchos epicúreos en el proceder, no los hay en el pensar;
hasta los caballeros más entregados a los galanteos sirven a las damas
y a la religión con el celo que exigen las leyes de la caballería. En
1396 setecientos señores de Borgoña y de Francia han partido para la
Cruzada; todos, a excepción de veintisiete, han sido muertos en Nicó-
polis, y Boucicaut los llama «benditos y bienaventurados mártires».
Acabamos de ver cómo todo el animado festival de Lila termina con el
voto de combatir al infiel, y constantemente algunos rasgos aislados
aquí y allá atestiguan la persistencia de la primitiva devoción. En
1477, en una ciudad próxima, Nuremberg, Martín Koetzel, peregrino
en Palestina, cuenta, el número de pasos que median entre el Gólgota