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Hipólito Adolfo Taine
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rosa flor del arte gótico: la iglesia de Brou. Si reunimos todos estos
indicios dispersos y contemplamos en los cuadros de aquella época los
retratos de los diversos personajes- donadores, abades, burgomaestres,
burgueses, matronas tan dignos, tan honorables, con sus trajes de día
de fiesta, mostrando en mil pormenores la cuidada e irresponsable
ropa blanca, con su aire envarado y la expresión de una fe honda e
inconmovible, comprendemos que el renacimiento del siglo XVI en
este país se realiza dentro del recinto de la religión; que el hombre,
aunque trata de embellecer la vida presente, no pierde de vista la vida
futura, y que sus manifestaciones pictóricas nos muestran el cristia-
nismo con un nuevo florecer en vez del paganismo restaurado.
Un renacimiento flamenco unido a ideas cristianas; tal es, en
efecto, el doble carácter de todas las obras artísticas de Huberto y Juan
Van Eyck, Rogerio Van de Weyden, Memling y Quintín Massys. De
estas dos características se deducen todas las demás. De una parte, los
artistas se interesan por la vida real. Ya sus figuras no son símbolos,
como en las miniaturas de los antiguos libros de salmos, ni puros espí-
ritus, como las madonas de la escuela de Colonia, sino seres vivos do-
tados de un cuerpo. La anatomía bien observada, la perspectiva exacta,
los más delicados pormenores de las telas, de la arquitectura, de los
accesorios, del paisaje, están patentes en sus obras. Tienen un relieve
tan poderoso, que la escena, en conjunto, se hace dueña de nuestras
miradas y de nuestro espíritu, imponiéndose a él con una solidez de
construcción y una fuerza extraordinarias. Los más grandes maestros
de épocas posteriores no llegaron a superar este arte; acaso no acierten
a igualarlo.
Claro es que en este momento tienen los artistas la revelación del
natural. Cae la venda de sus ojos porque acaban de descubrir, casi de
súbito, toda la apariencia sensible, sus proporciones, su estructura, su
color. Y no es que la descubran únicamente, sino que les enamora, les
cautiva. Fijémonos en las soberbias capas guarnecidas de oro y borda-
das de diamantes, en las sedas brochadas y en las diademas de res-