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las Sirenas, todas sus
kermesses
divinas o humanas, ideales o reales,
paganas o cristianas, serían necesarios las frases de Rabelais. Con el
arte de Rubens entran en escena todos los instintos animales de la na-
turaleza humana; estaban excluidos de representación estética como
algo bajo y grosero; la verdad que late en ellos les trae el mismo plano
que los de condición más elevada, y en las obras del gran artista, como
en la realidad, se encuentran mezclados unos y otros. Nada falta en
esta pintura, a no ser los sentimientos de acendrada pureza y sublime
elevación; tiene entre sus manos toda la naturaleza humana, menos las
más altas cimas. Por esto su creación artística es la más vasta que ha
podido verse, y comprende todos los tipos: cardenales italianos, empe-
radores de la antigüedad, señores de la época, burgueses, aldeanos,
vaqueras, con la diversidad innumerable que la acción de las fuerzas
naturales imprime a las criaturas, y con tal potencia, que más de mil
quinientos cuadros no logran agotar su fuerza creadora.
Por la misma razón, nadie como Rubens ha comprendido con
tanta profundidad el carácter esencial de la vida orgánica en la repre-
sentación del cuerpo humano. Aventaja en este respecto a los venecia-
nos, así como éstos habían superado a los florentinos. Tiene la
intuición precisa de que la carne es una sustancia que fluye, siempre
en proceso de continua renovación. Y esta es más especialmente la
característica del organismo flamenco, linfático, sanguíneo, voraz,
más fluido y más activo en hacerse y deshacerse que aquellos tipos
cuya fibra seca y fundamental sobriedad mantiene los tejidos menos
variables. Nadie ha pintado como este artista los contrastes intensos ni
ha representado de manera más sensible la destrucción y el florecer de
la vida. Ya es el muerto pesado, blando como un despojo de anfiteatro,
exhausto de sangre y de sustancia, lívido, azulado, acardenalado por el
tormento, con la boca llena de cuajarones de sangre, los ojos vidriados,
los pies y manos terrosos, hinchados, deformes, porque la muerte hizo
primero presa en ellos. Ya es la frescura de la carnación llena de vida,
el hermoso y juvenil atleta, alegre y triunfal; la blanda flexibilidad de