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Hipólito Adolfo Taine
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dos alas desiguales, y también los santuarios del Erecteo tienen niveles
distintos. Supieron entrecruzar, alterar, animar en cierto modo los
planos y los ángulos, de tal suerte que comunican a la geometría ar-
quitectónica la gracia, la diversidad, lo imprevisto, la flexible fluidez
de la vida y, sin aminorar el efecto de las masas, han bordado en la
superficie una trama elegantísima de ornamentación pintada y escul-
pida. En este respecto no hay nada comparable a su gusto maravilloso,
a no ser la ponderación que reina en él; supieron reunir dos cualidades
que parecen antitéticas: la riqueza extremada y la estricta sobriedad.
Nuestros actuales sentidos no alcanzan tal delicadeza, y sólo a medias
y gradualmente llegamos a enterarnos de la perfección de sus obras.
Ha sido necesaria la exhumación de Pompeya para que llegásemos
a tener una idea aproximada del vivo y armonioso encanto de la deco-
ración mural, y en nuestros días un arquitecto inglés ha medido la
imperceptible inflexión de las horizontales levemente henchidas y de
las perpendiculares convergentes que producen la suprema belleza del
más hermoso templo griego. Nos encontramos ante ellos como un
oyente vulgar ante un músico que ha nacido para la música y se ha
educado en ella; la ejecución tiene tanta delicadeza, tan puros sonidos,
tal plenitud en los acordes, tantas sutilezas de intención, tales aciertos
expresivos, que el oyente con pocas dotes y mala preparación no coge
sino lo más burdo, y sólo de vez en cuando. Nos queda únicamente la
impresión total, y esta impresión, conforme al genio de la raza, es
como la de una fiesta gozosa y tonificante.
La criatura arquitectónica es en Grecia sana y absolutamente via-
ble; no necesita que acampe a su sombra una colonia de canteros o
albañiles que reparen incesantemente su ruina incesante; no pide
prestado el apoyo de las bóvedas a los contrafuertes exteriores; no le es
preciso una armadura de sostener el prodigioso andamiaje de hierro
para sus campanarios labrados y recortados, para sujetar a los muros
el maravilloso y complicado encaje, la frágil filigrana de piedra. No es
obra de la imaginación sobreexcitada, sino de la razón lúcida; está