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Hipólito Adolfo Taine
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que pueden castigarlos sin que el padre se oponga a ello. Descalzos,
envueltos en un manto, lo mismo en invierno que en verano, van por
la calle silenciosos, con los ojos bajos, como jóvenes reclutas que han
de ceñir las armas. El traje es uniforme, y el porte, lo mismo que el
paso, están determinados. Duermen en un montón de cañas; se bañan
cada día en el agua fría del Eurotas; comen poco y de prisa; viven peor
en la ciudad que en el campamento, porque un futuro soldado debe
endurecerse. Están divididos en pelotones de ciento, mandados por un
jefe de poca edad, y luchan con puños y pies: es el aprendizaje para la
guerra. Si quieren añadir algo a su escasa comida han de robarlo en
las casas o en las granjas; un soldado debe saber buscarse la vida me-
rodeando. De tarde en tarde les ponen de emboscada en un camino y
matan por la noche a los ilotas que vuelven retrasados; es bueno haber
visto la sangre y acostumbrar el brazo antes de ir al combate.
Las artes que poseen son aquellas que convienen a un ejército.
Habían traído, al establecerse en el Peloponeso, un género de música
peculiar, el modo dórico, acaso el único de origen griego. Su carácter
grave, viril, elevado, sencillo y casi áspero es el más adecuado para
inspirar la paciencia y la energía. No queda entregado a la fantasía de
cada cual; la ley prohíbe que se introduzcan las variaciones, suavida-
des y delicadezas de los cantos extranjeros; la música dórica es una
institución moral y pública; como los tambores y trompetas de nues-
tros regimientos, guía las marchas y las paradas; hay flautistas que lo
son de un modo hereditario, parecidos en esto a los que tocan la gaita
en los clanes escoceses. La misma danza se considera como un ejerci-
cio o un desfile. Los niños, desde los cinco años, aprenden en la danza
pírrica- pantomima de combatientes armados que imitan los movi-
mientos de la defensa y del ataque- todas las actitudes y ademanes de
herir, parar, retroceder, saltar, encorvarse, disparar con el arco, lanzar
la jabalina. Había otra danza, llamada
anapala
, en la cual los mucha-
chos simulan la lucha y el pancracio. Otras eran propias para los jóve-
nes, habiéndola también para las muchachas con saltos violentos, co-