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Hipólito Adolfo Taine
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miraban mas que a él...; y todos le contemplaban como la estatua de
un dios.” Y Querefón, alabándole, dijo: «¡Qué hermoso es su rostro!
¿No es verdad, Sócrates? Pues si quisiese desnudarse, el rostro que-
daría eclipsado, pues tanta es la belleza de su figura entera!»
En esta breve escena, que nos transporta más lejos aún de la fecha
en que fue escrita, hasta los tiempos más hermosos del desnudo, todo
es precioso y significativo. Vemos aquí la tradición de la sangre, el
efecto de la educación, el gusto popular y generalizado de la belleza,
todos los orígenes de la escultura perfecta. Numerosos textos nos con-
firman la misma opinión. Homero había citado a Aquiles y Nereo co-
mo los griegos más hermosos reunidos ante Troya; Herodoto nombra a
Calícrates el Espartano como el más hermoso de los griegos armados
contra Mardonio. Todas las fiestas de los dioses, todas las grandes
ceremonias daban ocasión para concursos de belleza. Los ancianos
más hermosos eran elegidos en Atenas para llevar ramas en las Pana-
teneas; los hombres más bellos de Elis eran encargados de llevar las
ofrendas a la diosa. En Esparta, en las gimnopedias, los generales, los
hombres ilustres que no tenían una noble presencia eran relegados a
las últimas filas en las procesiones de los coros. Los lacedemonios,
según dice Teofrasto, condenaron a pagar una multa a su rey Arqui-
damos porque se había desposado con una mujer muy pequeña, ale-
gando que les daría reyezuelos en lugar de reyes. Pausanias vio en
Arcadia concursos de belleza en los que rivalizaban las mujeres; tales
fiestas databan de hacía nueve siglos. Un persa, pariente de Jerjes y el
más alto de su ejército, habiendo muerto en Acanto, hiciéronle sacrifi-
cios como a un héroe. Los de Egesto habían levantado un templo pe-
queño en la tumba de uno de Crotona que se refugió entre ellos, Fili-
po, vencedor en los Juegos Olímpicos, el más hermoso de los griegos
de su tiempo, y en vida de Herodoto todavía le dedicaban sacrificios.
Tal es el ambiente en que se había desenvuelto la educación, y que, a
su vez, actuando sobre ella, le proponía por objeto la producción de la
belleza. Seguramente era una raza hermosa, pero se había embellecido