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Hipólito Adolfo Taine
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guo origen eran el color de sus ojos glaucos y la elección del pájaro
que le acompañaba, el búho, cuyas pupilas, durante la noche, son cla-
rividentes luminarias. Gradualmente su figura, había ido perfilándose
y había crecido su historia. El tempestuoso nacimiento la había mos-
trado guerrera, armada de todas armas, terrible compañera de Zeus en
el combate contra los Titanes rebeldes. Como virgen y pura luz, poco
a poco fue representando el pensamiento y la inteligencia, y la llama-
ban la industriosa, porque había inventado las artes; la caballista, por-
que había domado los caballos; la saludable, porque sanaba las enfer-
medades. Todos los beneficios y todas las victorias de la diosa hallá-
banse representados en los muros, y la mirada que iba del frontón del
templo al inmenso paisaje abarcaba en un segundo los dos momentos
de la religión interpretados el uno por el otro y reunidos en el alma
con la sensación sublime de la belleza perfecta.
En el horizonte, hacia el mediodía, se divisaba el mar limitado,
Poseidón, que acaricia y conmueve a la tierra, el azulado dios cuyos
brazos rodean la costa y las islas; y en una misma ojeada le encuen-
tran de nuevo en el frontón occidental del templo, erguido, encoleri-
zado, alzando su torso musculoso, su potente cuerpo desnudo, con un
ademán indignado de dios furioso, mientras que tras él, Anfitrito,
Afrodita, casi desnuda en el regazo de Thalassa, Latona con sus hijos,
Leucotea, Halirotios, Eurites, hacen sentir, por la ondulante inflexión
de sus contornos infantiles o femeninos, la gracia, la inquietud, la
libertad, la eterna sonrisa del mar. En el mismo mármol Palas victo-
riosa doma los caballos que un golpe de tridente de Poseidón ha hecho
salir de la tierra; la diosa los conduce hacia las divinidades del suelo:
Cecrops, el fundador; Erecteo, el primer antepasado, el hombre de la
tierra; hacia sus tres hijas, que atemperan con el rocío la sequedad del
suelo pobre; hacia Caliroe, la hermosa fuente, e Iliso, el umbroso río.
La mirada, al descender, después de haber contemplado sus imágenes,
los encontraba en la realidad al pie de la altura de la Acrópolis.