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interesante. Los elfos saben mucho y es asombroso cómo están enterados de lo
que ocurre entre las gentes de la tierra, pues las noticias corren entre ellos tan
rápidas como el agua de un río, o tal vez más.
Pero los enanos estaban todos de acuerdo en cenar cuanto antes y no quedarse
mucho tiempo. Siguieron adelante, guiando a los poneys, hasta que llegaron a una
buena senda, y así por fin al borde del mismo río. Corría rápido y ruidoso, como un
arroyo de la montaña en un atardecer de verano, cuando el sol ha estado
iluminando todo el día la nieve de las cumbres. Sólo había un puente estrecho de
piedra, sin parapeto, tan estrecho que apenas si cabía un poney, y tuvieron que
cruzarlo despacio y con cuidado, en fila, llevando cada uno un poney por las
riendas. Los elfos habían traído faroles brillantes a la orilla y cantaron una
animada canción mientras el grupo iba pasando.
—¡No mojes tu barba con la espuma, padre! —le gritaron a Thorin, que de tan
encorvado iba casi a gatas—, Ya es bastante larga sin necesidad de que la mojes.
—¡Cuidado con Bilbo, no se vaya a comer todos los bizcochos! —dijeron—.
¡Todavía está demasiado gordo para colarse por el agujero de la cerradura!
—¡Silencio, silencio, Buena Gente! ¡Y buenas noches! —dijo Gandalf, que había
llegado último—. Los valles tienen oídos, y algunos elfos tienen lenguas
demasiado sueltas. ¡Buenas noches!
Y así llegaron por fin a la Ultima Morada y encontraron las puertas abiertas de par
en par.
Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y los días que se
pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto y no se les presta demasiada
atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras, y aun
horribles, pueden hacer un buen relato, y además lleva tiempo contarlas. Se
quedaron muchos días en aquella casa agradable, catorce al menos, y les costó
irse. Bilbo se hubiese quedado allí con gusto para siempre, incluso suponiendo
que un deseo hubiera podido transportarlo sin problemas directa mente de vuelta
al agujero—hobbit. No obstante, algo hay que contar sobre esta estancia,
El dueño de casa era amigo de los elfos, una de esas gentes cuyos padres
aparecen en cuentos extraños, anteriores al principio de la historia misma, las
guerras de los trasgos malvados y los elfos, y los primeros hombres del Norte. En
los días de nuestro relato, había aún algunas gentes que descendían de los elfos y
los héroes del Norte; y Elrond, el dueño de casa, era el jefe de todos ellos.
Era tan noble y de facciones tan hermosas como un señor de los elfos, fuerte
como un guerrero, sabio como un mago, venerable como un rey de los enanos, y
benévolo como el estío. Aparece en muchos relatos, pero la parte que desempeña
en la historia de la aventura de Bilbo es pequeña, aunque importante, como veréis,
si alguna vez llegamos a acabarla. La casa era perfecta tanto para comer o dormir
como para trabajar, o contar historias, o cantar, o simplemente sentarse y pensar
mejor, o una agradable mezcla de todo esto. La perversidad no tenía cabida en
aquel valle.