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Pero sin embargo Gollum no lo atacó en seguida. Miraba la espada que Bilbo
tenía en la mano. Se quedó sentado, susurrando y estremeciéndose. Al fin, Bilbo
no pudo esperar más.
—Y bien —dijo—, ¿qué hay de tu promesa? Me quiero ir; tienes que enseñarme el
camino.
—¿Dijimos eso, preciosso? Mostrarle la salida al pequeño y asqueroso Bolsón, sí,
si. Pero, ¿qué tiene él en los bolsilloss? ¡Ni cuerda, preciosso, ni nada! ¡Oh, no!
¡Gollum!
—No te importa —dijo Bilbo—, una promesa es una promesa.
—Vaya, ¡qué prisa! ¡Impaciente, preciosso! —siseó Gollum—, pero tiene que
esperar, sí. No podemos subir por los pasadizos tan de prisa; primero tenemos
que recoger algunas cosas antes, sí, cosas que nos ayuden.
—¡Bien, apresúrate! —dijo Bilbo, aliviado al pensar que Gollum se marchaba.
Creía que sólo se estaba excusando, y que no pensaba volver. ¿De qué hablaba
Gollum? ¿Qué cosa útil podía guardar en el lago oscuro? Pero se equivocaba.
Gollum pensaba volver. Estaba enfadado ahora y hambriento. Y era una miserable
y malvada criatura y ya tenía un plan.
No muy lejos estaba su isla, de la que Bilbo nada sabía; y allí, en un escondrijo,
guardaba algunas sobras miserables y una cosa muy hermosa, muy maravillosa.
Tenía un anillo, un anillo de oro, un anillo precioso.
—¡Mi regalo de cumpleaños! —murmuraba, como había hecho a menudo en los
oscuros días interminables—. Eso es lo que ahora queremoss, sí, ¡lo queremoss!
Lo quería porque era un anillo de poder, y si os lo poníais en el dedo, erais
invisibles. Sólo a la plena luz del sol podrían veros, y sólo por la sombra,
temblorosa y tenue.
—¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Llegó a mí el día de mi cumpleaños, preciosso mío!
—Así monologaba Gollum. Pero nadie sabe cómo Gollum había conseguido aquel
regalo, hacía siglos, en los viejos días, cuando tales anillos abundaban en el
mundo. Quizá ni el propio Amo que los gobernaba a todos podía decirlo. Al
principio Gollum solía llevarlo puesto hasta que le cansó, y desde entonces lo
guardó en una bolsa pegada al cuerpo, hasta que le lastimó la piel, y desde
entonces lo tuvo escondido en una roca de la isla, y siempre volvía a mirarlo. Y
aún a veces se lo ponía, cuando no aguantaba estar lejos de él ni un momento
más, o cuando estaba muy, muy hambriento, y harto de pescado. Entonces se
arrastraba por pasadizos oscuros, en busca de trasgos extraviados. Se
aventuraba incluso en sitios donde había antorchas encendidas que lo hacían
parpadear y le irritaban los ojos. Estaba seguro, oh, sí, muy seguro. Nadie lo veía,
nadie notaba que estaba allí hasta que les apretaba la garganta con las manos. Lo
había llevado puesto, hacía sólo unas pocas horas y había capturado un pequeño
trasgo. ¡Cómo había chillado! Aún le quedaban uno o dos huesos por roer, pero
deseaba algo más tierno.