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podía trasladarse a gran velocidad, en forma de oso, desde luego—. Al fin llega al
claro quemado de los lobos, y así descubrió que esa parte de la historia era cierta;
pero aún encontró algo más: había capturado a un wargo y a un trasgo que
vagaban por el bosque, y les había sacado algunas noticias: las patrullas de los
wargos buscaban aún a los enanos junto con los trasgos horriblemente enfadados
a causa de la muerte del Gran Trasgo, y porque le habían quema do la nariz al
jefe lobo y el fuego del mago había dado muerte a muchos de los principales
sirvientes. Todo esto se lo dijeron cuando los obligó a hablar, pero adivinó que se
tramaba algo todavía peor, y que el grueso del ejército de los trasgos y los lobos
podía irrumpir pronto en las tierras ensombrecidas por las montañas, en busca de
los enanos, o tomar venganza sobre los hombres y criaturas que allí vivían y que
quizá estaban encubriéndolos.
—Era una buena historia la vuestra —dijo Beorn—, pero ahora que sé que es
cierta, me gusta todavía más, Tenéis que perdonarme por no haberos creído. Si
vivieseis cerca de los lindes del Bosque Negro, no creeríais a nadie que no
conocieseis tan bien como vuestro propio hermano, o mejor. Como veis sólo
puedo deciros que me he dado prisa en regresar para ver si estabais a salvo y
ofreceros mi ayuda. Tendré en mejor opinión a los enanos después de este
asunto. ¡Dieron muerte al Gran Trasgo, dieron muerte al Gran Trasgo! —se rió
ferozmente entre dientes.
—¿Qué habéis hecho con el trasgo y con el wargo? —preguntó Bilbo de repente.
—¡Venid y lo veréis! —dijo Beorn y dieron la vuelta a la casa. Una cabeza de
trasgo asomaba empalada detrás de la cancela, y un poco más allá se veía una
piel de wargo clavada en un árbol. Beorn era un enemigo feroz. Pero ahora era
amigo de ellos, y Gandalf creyó conveniente contarle la historia completa y la
razón del viajé, para obtener así toda la ayuda posible.
Esto fue lo que Beorn les prometió. Les conseguiría poneys, para cada uno, y a
Gandalf un caballo, para el viaje hasta el bosque, y les daría comida suficiente
para varias semanas si la administraban con cuidado; y luego puso todo en
paquetes fáciles de llevar: nueces, harina, tarros de frutos secos herméticamente
cerrados y potes de barro rojo llenos de miel, y bizcochos horneados dos veces
para que se conservasen bien mucho tiempo; un poco de estos bizcochos bastaba
para una larga jornada. La receta era uno de sus secretos, pero tenían miel, como
casi todas las comidas de Beorn, y un sabor agradable, aunque dejaban la boca
bastante seca. Dijo que necesitarían llevar agua por aquel lado del bosque, pues
había arroyos y manantiales a todo lo largo del camino. —Pero el camino que
cruza el Bosque Negro es oscuro, peligroso y arduo —dijo—. No es fácil encontrar
agua allá, ni comida. No es todavía tiempo de nueces (aunque en realidad quizá
ya haya pasado cuando lleguéis al otro extremo), y las nueces son lo único que se
puede comer en esos sitios; las cosas silvestres son allí oscuras, extrañas y
salvajes. Os daré odres para el agua, y algunos arcos y flechas. Pero no creo que
haya nada en el Bosque Negro que sea bueno para comer o beber. Sé que hay un
arroyo, negro y caudaloso, que cruza el sendero. No bebáis ni os bañéis en él,
pues he oído decir que produce encantamientos, somnolencia y pérdida de la
memoria. Y entre las tenebrosas sombras del lugar no me parece que podáis